domingo. 06.09.2026

Marisú Miranda: «Me tuve que inventar mis carreras, nunca encontré un asiento para mí»

La autora del cartel de las fiestas del Cristo y de la exposición «Xentes de Valdeorras» lleva casi cuatro décadas viviendo de la moda en Estados Unidos, una profesión que ha ejercido de muchas maneras sin dejar de buscar la siguiente
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Marisú Miranda: «Me tuve que inventar mis carreras, nunca encontré un asiento para mí»

Marisú Miranda llega antes de la hora. Viste de negro, con una flor prendida en el pelo —también la llevaba unos días antes, durante la presentación del cartel de O Cristo—, uñas rojas y varias pulseras de madera que suenan cada vez que mueve las manos. Y las mueve mucho. El vestido, claro, también es suyo: lo ha diseñado y confeccionado ella.

Su nombre se ha hecho mucho más visible en O Barco este verano. Primero fue «Xentes de Valdeorras», el proyecto para el que cerca de 60 personas se prestaron a ser fotografiadas y convertidas después en ilustraciones de moda y que forman parte de una exposición que estará en la Sala Abanca a partir del 10 de septiembre. Luego llegó el cartel de las Festas do Cristo 2026. Puede que muchos de quienes posaron para ella no supieran entonces demasiado de la mujer que estaba detrás de la cámara.

Y hay bastante que contar. Para empezar, Marisú Miranda no se marchó de O Barco a Estados Unidos a buscarse la vida. Ella lo corrige enseguida: «Para mí no fue marcharme, fue regresar a casa».

Un futuro decidido a los nueve años

Su primera infancia había transcurrido en Newark (Nueva Jersey) y llegó a O Barco con unos siete años. Primero con su padre. Su madre permaneció todavía un tiempo en Estados Unidos y los hermanos quedaron repartidos entre familiares mientras él ponía en marcha El Miranda. «Fue un poquito traumático», recuerda de aquella separación. Su madre, modista, llegaría aproximadamente un año después.

Entre telas, dibujos –su padre pintaba– y la tienda familiar, con unos nueve años Marisú ya había hecho su primer vestido y, sobre todo, había tomado una decisión bastante poco habitual a esa edad: iba a dedicarse a la moda. «Sabía exactamente que iba a estudiar la carrera, dónde la iba a hacer, cómo la iba a hacer y en qué año me iba a ir».

A los veinte cumplió el plan. Regresó a Estados Unidos casi sin inglés —lo había olvidado— y encontró trabajo en un conocido restaurante español. Por allí pasaron Paco de Lucía, Pedro Almodóvar o Shirley Temple, pero quien acabó cambiándole la vida fue un cocinero. Supo que era diseñadora y le habló de una empresa de moda en la que trabajaba su pareja.

Seis meses después Marisú ya estaba dentro de la industria. Poco más tarde, cuenta, dirigía producción, viajaba a Hong Kong y Taiwán y trabajaba, fundamentalmente en moda masculina, para firmas como Nautica, Gitano o Champion.

Podría haber hecho carrera allí, de hecho la hizo, pero, después hizo muchas más.

Se acaba el hilo

Marisú puede tener cuarenta proyectos abiertos. Cuarenta. No aguanta más de diez o quince minutos haciendo una misma cosa. Puede estar cosiendo y cuando se acaba el hilo, en lugar de cambiarlo, deja la máquina y se pone a dibujar. Después hará otra cosa, y otra... Y, en algún momento, regresará al principio.

Ha tenido que aprender a funcionar así y, sobre todo, a poner disciplina a esa necesidad permanente de movimiento. Porque detrás de lo que podría parecer dispersión hay una constancia difícil de discutir: desde los veinte años vive exclusivamente de la moda. Crió a su hija, levantó negocios, dirigió producción, enseñó durante ocho años, diseñó, cosió, viajó y siguió aprendiendo. «Yo siempre viví de la moda. Nunca trabajé en algo que no fuera relacionado con esto». Lo que cambia es la manera.

«Nunca fue ganar o hacer la compañía más grande o abrir dos tiendas de lo mismo. Yo me aburro rápidamente». Y ahí está probablemente una de las claves de su trayectoria. Cuando siente que ha aprendido lo que buscaba, que una etapa ha dado lo que podía darle o simplemente necesita un estímulo nuevo, se mueve, pero se lleva lo aprendido al siguiente sitio.

Producción. Docencia. Alta costura. Novias. Tejidos. Pasarelas. Trabajos especializados para otros diseñadores. Ilustración. Arte. «Yo me tuve que inventar mis carreras, yo no pude nunca encontrar un asiento para mí».

El asiento cambia. La moda, no.

Después de casarse quiso que su hija naciera en O Barco, en 1997, y más tarde se instaló en Florida. Allí enseñó moda durante ocho años, mientras mantenía sus vínculos profesionales con Nueva York. Pero dar clase tampoco terminó siendo su asiento. Volvió al diseño a medida, hizo novias, abrió su primera tienda en 2007 y acabó entrando también en el mundo de los tejidos: diseñó los suyos, experimentó con materiales y buscó en distintos países técnicas y trabajos artesanales que le permitieran conseguir acabados que no encontraba en Estados Unidos. Algunas piezas podían viajar por medio mundo para volver con cada uno de los detalles que había diseñado.

Su firma, MM Moda, llegó a Couture Fashion Week de Nueva York y su carrera fue discurriendo tanto sobre las pasarelas como, sobre todo, detrás de ellas. Se especializó también en ese trabajo que apenas ve el público: intervenir, ajustar o transformar una prenda para que funcione sobre un cuerpo concreto. En su relato aparecen Iman, Rihanna, grandes firmas y, más adelante, la Met Gala. Nombres enormes que Marisú va dejando caer con bastante más naturalidad que quien los escucha.

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@marisumiranda

La parada que no eligió

El cambio más profundo no llegó porque se hubiera aburrido. Tras cerrar sus negocios de Florida por los problemas estructurales del edificio que los albergaba, regresó a la ciudad de Nueva York con su pareja. Él le pidió matrimonio, encontraron un estudio y empezaron de nuevo.

Seis meses después le diagnosticaron un cáncer. Mastectomía, 16 tratamientos, varias operaciones. Y, tres meses después, el COVID. Su última intervención llegó justo antes de que los hospitales comenzaran a cancelar cirugías por la pandemia. Marisú lo cuenta sin dramatismo y, casi inmediatamente, vuelve a hablar de vestidos.

Había novias que seguían queriendo casarse a pesar del confinamiento. Así que encontró otra manera: pruebas por Zoom, vestidos que viajaban por correo, clientas que se los probaban ante una pantalla y paquetes que regresaban a Nueva York para un ajuste antes de volver a salir.

Pero ella ya no podía coser como antes. Y entonces comenzó a dibujar. .

El dibujo, que siempre había estado ahí, empezó a ocupar el espacio que dejaban otras cosas. Pasó al lienzo y Marisú llevó un poco más lejos una idea que hoy forma parte de su manera de entender la moda: ¿por qué una prenda en la que hay diseño, técnica, artesanía y tantas horas de trabajo tiene que acabar escondida en un armario cuando no se usa? Un vestido también puede exponerse y contemplarse como una obra.

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Así, en su trabajo actual conviven la prenda, la ilustración, la pintura y el objeto: vestidos que salen del armario para ocupar una pared o formar parte de una composición artística, ilustraciones nacidas de esos diseños, brazos de maniquí convertidos en soportes para joyas, piezas que cambian de función. La frontera entre vestirse y contemplar se vuelve deliberadamente menos clara. «Moda es arte y se puede usar en casa y en lienzos».

De aquella etapa surgió también «Las Dos Marías», una colección de seis piezas inspirada en Maruxa y Coralia Fandiño Ricart —las hermanas compostelanas vinculadas familiarmente al oficio de la costura, convertidas por sus paseos y sus coloridos atuendos en dos figuras populares de Santiago y hoy inmortalizadas en la Alameda— que Marisú mostrará por primera vez en España en O Barco en la exposición de la Sala Abanca.

Después del cáncer llegaron trabajos que recuerda con especial cariño, entre ellos la Met Gala. Y llegaron también catorce meses en Colombia. Se marchó con su marido porque necesitaba, dice, «curarme un poco espiritualmente del cáncer». En La Guajira se acercó a comunidades locales, aprendió técnicas de tejido, descubrió otros materiales. Y siguió dibujando.

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@marisumiranda

Cambiar sin dejar de reconocerse

Porque hay algo curioso en tantos cambios: Marisú incorpora cosas nuevas continuamente, pero no parece necesitar desprenderse de las anteriores.

Se entiende especialmente bien cuando habla del cartel de O Cristo. Quería una imagen contemporánea y, a la vez, inequívocamente vinculada a Galicia. Para ella no existe contradicción. Una pañoleta tradicional se puede llevar de mil maneras. Un mandilón puede cambiar de sitio, de uso, de lenguaje. Una joven puede vestir vaqueros y seguir expresando una identidad gallega. «Puedes ser gallega y no tienes que estar vestida para bailar una muiñeira», explica. En el cartel conviven esa tradición reinterpretada, elementos de O Barco y hasta ecos de lo aprendido en Colombia.

Así parece innovar también Marisú: no tanto rompiendo con lo anterior como acumulándolo. Una técnica se suma a otra; un país al siguiente; la modista que fue su madre, el pintor que fue su padre, O Barco, Estados Unidos, Nueva York, Florida, Colombia, Savannah. Todo puede reaparecer transformado. También las personas.

En «Xentes de Valdeorras» vuelve a hacer algo parecido. No reproduce simplemente las fotografías que tomó a los participantes. Se fija en unas pestañas, una boca, el pelo, exagera un cuello, introduce colores inesperados. El resultado no pretende ser un retrato convencional, sino una ilustración de moda. «En el dibujo lo hago como si te estuviera moldeando un vestido».

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Son cerca de 60 personas y calcula que el proyecto le ha llevado unas 500 horas de trabajo. Habitualmente puede resolver uno de sus dibujos rápidos en apenas unos minutos; esta vez quiso convertirlos en piezas completas y, cuando termine la exposición, cada participante recibirá el suyo. No parece casual que un proyecto concebido inicialmente como un experimento haya acabado creciendo de esa manera.

Ahora vive en Savannah (Georgia), como fashion artist, artista de moda.donde la ilustración está funcionando especialmente bien. Pero su vida vuelve a moverse. Su hija vive en O Barco, también su hermana y la enfermedad de su madre reclama más presencia familiar. En un año ha cruzado siete veces el Atlántico. Eso afecta a su trabajo en Estados Unidos y Marisú, fiel a su costumbre, ya está pensando qué hacer con la nueva circunstancia.

No habla de regresar definitivamente. Habla de buscar qué puede desarrollar aquí si va a pasar cada vez más tiempo. Seguramente aparecerá otra cosa. Al fin y al cabo, todavía quedan muchos hilos que cambiar.

Puedes escuchar aquí la entrevista completa:

Marisú Miranda: «Me tuve que inventar mis carreras, nunca encontré un asiento para mí»