🏪 Nombre del establecimiento: El Rincón de Pili.
📅 Año de fundación: Años 80. Pili está al frente desde hace dos años.
📍 Dirección: Calle Eulogio Fernández, 80. O Barco de Valdeorras.
🙋 Quién te atiende: Pili.
⏰ Horario: De lunes a viernes, de 9:30 a 13:30 y de 17:00 a 20:00. Sábados, de 9:30 a 13:30.
🧾 Sector: Alimentación.
🛍️ Qué ofrece: Alimentación, fruta y verdura de proximidad, productos para el hogar, embutidos Marucho y comida para perros y gatos.
🧑🤝🧑 Para quién: Para todos los públicos.
🧬 ADN: Una tienda de barrio donde la confianza y el trato personal pesan tanto como lo que se vende: conocen a sus clientes, escuchan, llevan la compra a casa cuando hace falta y ayudan a resolver esos pequeños problemas cotidianos que convierten el comercio en parte de la vida del barrio.
🗣️ Hablamos: El Rincón de Pili lleva alrededor de cuatro décadas formando parte del barrio, aunque la etapa actual comenzó hace dos años, cuando Pili asumió la gerencia después de haber trabajado allí otros dos como empleada. Conocía el negocio, conocía a los clientes y, cuando los anteriores responsables decidieron dejarlo, optó por continuar.
Desde entonces ha ampliado algo la variedad de productos, pero ha mantenido la esencia de una tienda de alimentación de las de siempre: un lugar al que se puede acudir tanto para hacer la compra diaria como para resolver un olvido de última hora, desde un kilo de arroz hasta unas pinzas de la ropa.
Entre sus productos más reconocibles están los embutidos Marucho, que atraen a clientes de Valdeorras y también de fuera. Algunos regresan expresamente para comprarlos y otros llaman desde distintos puntos de España para encargarlos. Pili prepara paquetes con androyas, chorizos y otros productos que terminan viajando incluso fuera del país.
Pero si hay algo que define realmente al establecimiento no está en los estantes. «Aquí se viene a comprar, pero también a hablar, a preguntar, a contar cómo te ha ido el día y hasta a desahogarte», resume Pili.
El barrio tiene una población de edad elevada y eso ha convertido la tienda en algo más que un punto de abastecimiento. Hay clientes que entran por un litro de leche y terminan contando cómo han dormido, si se han tomado la medicación o quién vendrá ese día a comer. Otros llaman porque están enfermos, les duele la espalda o no pueden cargar con la compra; si hace falta, Pili se la lleva a casa.
«Al final somos casi familia», explica. Y esa cercanía genera situaciones que poco tienen que ver con vender alimentación. Ha hecho un test de covid a una clienta, resuelve pequeños problemas con teléfonos móviles, ayuda a realizar llamadas cuando alguien no consigue contactar con un familiar y escucha consultas que la han convertido, según bromea, en psicóloga, telefonista, consejera, enfermera, animadora y hasta traductora sin titulación.
Lo de traductora tiene historia. Una clienta entró un día pidiendo «perdigones». Pili le explicó que aquello tendría que buscarlo en una armería, pero la mujer insistía en que los había visto allí. Finalmente señaló una lata de guisantes. En otra ocasión, otra clienta reclamaba una bolsa de «bufarrones». Eran macarrones.
Son pequeñas escenas que explican mejor que cualquier definición la relación que se establece detrás del mostrador. Y el cariño, sostiene Pili, funciona en ambas direcciones. Los favores regresan convertidos en pequeños detalles: un imán traído de Gran Canaria, una colonia de unas vacaciones o cualquier recuerdo que alguien compra pensando en ella.
Ese vínculo también se ve en uno de los rincones de la tienda, donde Pili guarda regalos que sus clientes le traen de sus viajes. Pequeños objetos que, reunidos, terminan formando una especie de mapa sentimental de una relación que hace tiempo dejó de ser únicamente comercial.
Todo ello ocurre en un momento complicado para las tiendas de alimentación tradicionales. Las grandes superficies y la compra por internet han cambiado las reglas del juego y Pili sabe que competir solo en precio sería imposible. Su fortaleza está en otro terreno. «Competimos por cercanía, por confianza y por servicio», explica.
En su tienda, añade, se venden productos, pero también se comparten historias, preocupaciones, alegrías y consejos. «Y eso no se puede meter en una bolsa de la compra».
No niega que haya días agotadores. Algunos termina con «la cabeza como una olla», pero incluso entonces encuentra una recompensa en ese contacto constante con la gente: durante una misma jornada puede vender alimentación, charlar en la puerta, reír con una clienta y emocionarse con otra. «A mí me parece la vida mucho más divertida», reconoce.
Su plan de futuro es tan sencillo como contundente: quiere jubilarse allí. Y espera que, cuando llegue ese momento, sigan entrando quienes llevan décadas haciéndolo, pero también nuevas generaciones. Que El Rincón de Pili continúe siendo ese lugar al que uno va por leche y termina quedándose un rato más porque necesita preguntar algo, pedir ayuda o simplemente hablar.
