Abraham Cupeiro hace viajar a Xagoaza a través de los sonidos olvidados

El músico cerró el Terrasón ante 400 personas con un espectáculo en el que convirtió instrumentos milenarios, música e historias en un recorrido por la memoria y las emociones

Llegó, tocó y emocionó. Abraham Cupeiro necesitó poco más para demostrar que el escenario elegido para cerrar el Terrasón no podía ser más apropiado. El atrio de la iglesia de San Miguel de Xagoaza, con los viejos muros como telón de fondo, se convirtió este viernes en un pequeño túnel del tiempo por el que viajaron sonidos separados entre sí por siglos y miles de kilómetros.

La noche era húmeda y bastante más fría de lo que cabría esperar a finales de agosto. Y quizá también por eso, al principio, el público permanecía casi tan contenido como la temperatura. Pero duró poco.

Cupeiro había adelantado antes de llegar a O Barco que Os Sons Esquecidos sería una especie de «montaña rusa de emocións», con momentos para la introspección y otros mucho más eufóricos. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Instrumento tras instrumento, historia tras historia, las distancias entre escenario y espectadores fueron desapareciendo. Primero llegaron el silencio y la curiosidad; después las sonrisas, los aplausos y las palmas. Cupeiro terminó metiéndose al público en el bolsillo, haciéndolo participar en un espectáculo en el que escuchar era solo una parte de la experiencia.

 

Instrumentos que son máquinas del tiempo

Porque lo que propone Abraham Cupeiro no es exactamente un concierto. Tampoco una conferencia, aunque cuenta historias; ni una lección de historia, aunque se aprende.

Entre el publico haciendo sonar el karmix

Os Sons Esquecidos es un viaje por la historia de la humanidad utilizando como vehículo instrumentos que en algunos casos llevaban siglos desaparecidos. Algunos los ha reconstruido él mismo después de estudiar restos arqueológicos, imágenes y documentación; otros pertenecen a tradiciones que consiguieron sobrevivir al paso del tiempo.

En Xagoaza fueron apareciendo sonoridades que probablemente buena parte del público escuchaba por primera vez. El karnyx celta, la corna gallega, el aulos, el cornetto o el delicado duduk armenio fueron abriendo ventanas a épocas y lugares diferentes.

Y cada instrumento llegaba acompañado de una historia. Ahí reside buena parte de la capacidad de Cupeiro para atrapar a quien lo escucha. No se limita a mostrar una rareza musical ni pretende reproducir exactamente una melodía de hace dos mil años. Él mismo explica que los instrumentos conservan una especie de «vocabulario», sonidos, giros y acentos que permiten acercarse a su pasado y, a partir de ahí, construir un discurso nuevo.

Por eso, por momentos, resultaba fácil olvidar que frente al público había objetos reconstruidos a partir de la historia. Aquellos instrumentos volvían simplemente a estar vivos.

Del silencio a las palmas

Y Xagoaza respondió. Las 400 entradas disponibles estaban agotadas antes del concierto, pero una cosa es llenar un espacio y otra conseguir que quienes lo ocupan entren en el juego.

Cupeiro logró ambas. El respeto casi absoluto con el que se recibieron algunos de los sonidos más delicados contrastó después con un público dispuesto a seguir el ritmo con las palmas cuando el músico se lo pidió. Entre ambos extremos hubo humor, explicaciones, sorpresa y esa particular capacidad suya para hablar de instrumentos antiquísimos sin convertirlos en piezas de museo.

Precisamente eso defendía antes de su llegada a Valdeorras. Su colección supera los 300 instrumentos, pero él prefiere denominarla un «arsenal sonoro» y no quiere imaginarla encerrada algún día tras las vitrinas de un museo.

Anoche se entendió por qué. Un instrumento creado para sonar pierde buena parte de su sentido cuando permanece callado. Y Cupeiro ha hecho de devolverles la voz una manera de acercarnos también a quienes los tocaron.

Xagoaza puso el escenario que faltaba

Había, además, otro protagonista silencioso. Cupeiro todavía no conocía Xagoaza cuando, días antes del concierto, vio fotografías del lugar. Entonces ya imaginó que un antiguo monasterio, un espacio cargado de historia, calma y contemplación podía ofrecer la atmósfera perfecta para aquellos sonidos. Lo definió como un posible «maridaxe perfecta».

La noche del viernes confirmó aquella intuición. Las piedras, la iglesia al fondo, la oscuridad y los sonidos de instrumentos nacidos en otros tiempos construyeron una escenografía que difícilmente podría haberse diseñado dentro de un teatro.

Con esta actuación terminó una nueva edición del Terrasón, el ciclo con el que el Concello de O Barco ha llevado durante el verano la música a diferentes espacios del municipio.

Y lo hizo dejando una de esas imágenes que permanecen después de que se apagan los focos: cuatrocientas personas reunidas alrededor de un hombre empeñado en demostrar que algunos sonidos pueden atravesar miles de años y seguir provocando emoción.

Quizá porque Os Sons Esquecidos, como ya dejaba entrever Cupeiro antes de llegar a Xagoaza, no habla únicamente de recuperar instrumentos olvidados, sino de aprender a escuchar aquello que todavía estamos a tiempo de salvar.

 

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