Tres peregrinos, un mismo camino: «Es más tranquilo, más espiritual y la gente es increíble»
Hay caminos que se recorren con las piernas y otros que se quedan también por dentro. Para Víctor Cámara, su hijo Víctor y su compadre Pepe Martínez, el Camiño de Inverno está siendo un poco de ambas cosas.
Los tres llegaron desde Murcia para iniciar en Ponferrada una ruta que conocían poco y que eligieron precisamente porque buscaban algo diferente al Camino Francés, que ya habían recorrido en otras ocasiones.
«Nos gustan mucho los caminos anteriores y el Francés lo hemos hecho muchas veces. Nos apetecía cambiar un poco», explica Víctor. Además, había otro motivo: conocer la Ribeira del Sil y acercarse después a la Ribeira Sacra. «Estuvimos investigando y dijimos: vamos a probarlo. Y la verdad es que es precioso».
Su primera jornada ya dejó claro que este no iba a ser un camino sencillo. Salieron de Ponferrada hacia Las Médulas y todavía añadieron la subida al castillo de Cornatel. Treinta y un kilómetros que acabaron pasando factura a la rodilla de Pepe.
«Empezamos duro», reconocen entre risas. Tanto que al día siguiente tuvieron que reducir la etapa y detenerse en Puente de Domingo Flórez para que pudiera descansar y recuperarse. Y ahí comenzaron a descubrir también otra de las características que más les está sorprendiendo del Camiño de Inverno.
Un camino con menos servicios y mucho más silencio
Acostumbrados al Francés, donde los peregrinos encuentran bares, tiendas y servicios prácticamente de forma continua, aquí la experiencia es muy distinta. «Hay pueblos donde prácticamente no hay nada. Ni bares, ni tiendas», cuentan.
Ellos mismos lo comprobaron en las primeras etapas, atravesando pequeñas localidades casi vacías y largos tramos sin posibilidad de comprar comida o bebida. Pero esa falta de servicios tiene también otra cara. «Este es más tranquilo, más espiritual», resume Víctor.
Durante varios días apenas se cruzaron con otros caminantes. Solo recuerdan a un peregrino de Sevilla que hacía la ruta en bicicleta eléctrica. Algo impensable para quienes conocen la intensidad de otros Caminos de Santiago. Ese silencio es precisamente una de las cosas que más valoran.
A los 16 años, caminar para pensar
El más joven del grupo, Víctor, de 16 años, ya conoce bien el Camino de Santiago. Lo hizo de pequeño con sus padres y su abuela y posteriormente volvió a recorrer parte del Francés con su instituto.
Cuando su padre le propuso probar el Camiño de Inverno, no necesitó demasiada insistencia. «Me dijo de probar otro y pensé que podía ser interesante, ir por el río, estar más tranquilos...». Para él, caminar tiene además un componente que va mucho más allá del deporte.
«Es un momento para reflexionar sobre ti mismo, sobre cómo es el camino y también sobre mis creencias, sobre Dios. Vengo con la gente con la que me gusta estar y reflexiono un poco».
Los tres se reconocen creyentes y explican que, cuando lleguen a Santiago, terminarán la peregrinación asistiendo a la misa. El Camino, dicen, tiene para ellos una dimensión espiritual y religiosa que forma parte de la experiencia.
El Sil como compañero
Si hay algo que los tres repiten cuando se les pregunta qué les está gustando especialmente de esta ruta es una palabra: paisaje. «Es precioso ir siguiendo el río», aseguran.
El Sil los acompaña durante buena parte del recorrido por Valdeorras, alternando los tramos junto al agua con las zonas altas entre viñedos. «Cuando pasas por arriba y ves los viñedos, es muy bonito», explican.
Entre los lugares que más les sorprendieron durante la etapa por Valdeorras estuvo también el puente colgante de Vilamartín, que cruzaron pese a que el Camino no obliga a pasar por él. «Se mueve mucho», bromeaban después de atravesarlo, mientras disfrutaban de las vistas sobre el río en la zona de O Bañadoiro.
La gente que aparece cuando más la necesitas
Pero si algo está quedando grabado en la memoria de los tres peregrinos no son únicamente los paisajes. Es la gente. En Puente de Domingo Flórez se encontraron casualmente con el alcalde, Julio Arias, quien al verlos cargados con las mochilas les preguntó si eran peregrinos y se ofreció a trasladarlos hasta el albergue.
La anécdota todavía tuvo una segunda parte. Aquella noche se rompió una tubería en las instalaciones y, tras avisarle, fue el propio alcalde quien apareció para solucionar el problema y ayudar a recoger el agua, fregona en mano.
No fue el único gesto que encontraron durante el recorrido. Cuando la rodilla de Pepe comenzó a fallarle llegando a Puente de Domingo Flórez y caminaba ya con dificultad, un vecino que pasaba en coche se detuvo y se ofreció a acercarlo hasta las proximidades del albergue.
Son pequeños gestos, pero para quien lleva horas caminando bajo el sol y con una mochila a la espalda pueden cambiar por completo una jornada. Por eso, cuando se les pregunta qué se están llevando del Camiño de Inverno, los tres hablan tanto de los paisajes como de las personas. «La gente es muy generosa y muy acogedora».
Un camino que todavía conserva otra forma de peregrinar
Aún les queda mucho recorrido hasta Santiago. También alguna etapa exigente, como la que une A Rúa con Quiroga, otro largo tramo en el que los servicios escasean.
Las piernas empiezan a protestar, especialmente en las bajadas, y la rodilla de Pepe obliga a caminar con más cuidado. Pero ninguno se arrepiente de haber elegido esta ruta.
Porque el Camiño de Inverno que están descubriendo tiene menos peregrinos y menos establecimientos, pero también ofrece algo cada vez más difícil de encontrar: silencio, tiempo para hablar, kilómetros para pensar y personas que todavía se paran cuando ven a alguien caminar con una mochila al hombro.
Víctor, Víctor y Pepe llegaron desde Murcia buscando un Camino diferente. Y en Valdeorras parecen haberlo encontrado.