William: «Tengo proyectos, pero sin papeles no puedo avanzar»

William: «Tengo proyectos, pero sin papeles no puedo avanzar»
La historia de William, solicitante de asilo colombiano afincado en O Barco de Valdeorras, pone rostro a la regularización anunciada por el Gobierno y muestra qué significa vivir, trabajar y proyectar futuro desde una legalidad provisional
 

No llegó a España huyendo del vacío, sino confiando en una promesa. William había construido en Colombia una vida reconocible y estable: trabajo, emprendimiento familiar, casa, coches, rutina. Tenía cuatro hijos, dos de ellos gemelos recién nacidos. Nada en su biografía apuntaba a una huida desesperada. La decisión de emigrar fue, más bien, una apuesta: cambiar de país con la certeza —o eso creía— de que al otro lado le esperaba alguien dispuesto a ayudarle a empezar. Llegó solicitando asilo, convencido de que ese camino le permitiría reconstruir su vida en un entorno seguro y estable para su familia.

España era el destino. Galicia, el lugar. Y Vigo, el punto de llegada. Pero cuando el avión aterrizó, no había nadie esperando. El amigo de la infancia que le había animado a dar el paso e incluso le aseguró que le había encontrado una vivienda, desapareció sin dejar rastro.

A partir de ahí, la historia dio un giro brusco. El dinero comenzó a agotarse con rapidez: un taxi desde Madrid por mil euros, noches de hotel a casi doscientos euros, comidas improvisadas, una ciudad desconocida y la sensación, cada vez más clara, de haberlo puesto todo en las manos equivocadas.

En menos de un mes, la familia se quedó sin dinero, apenas unas monedas para comprar algo de comida. William recuerda ese momento sin dramatismo, pero con crudeza. Hubo un día en el que dormir en un parque fue una posibilidad real. No conocían el funcionamiento de las ONG, no sabían a qué puerta llamar. Cuando por fin encontraron ayuda, recibió esta pregunta:«¿qué tenías en la cabeza viniéndote con cuatro hijos?». Nadie está preparado para responder a eso cuando el suelo acaba de desaparecer bajo los pies.

La intervención de Cruz Roja cambió el rumbo. Primero, un alojamiento provisional. Después, la entrada en un programa de acogida vinculado a su solicitud de asilo, que les permitió detener la caída y empezar a orientarse. William habla de ese tiempo como quien recuerda un aprendizaje acelerado: llegar a un país nuevo, dice, es como «volver a gatear». Hay que reaprenderlo todo. Las normas, el idioma, los códigos invisibles. También a uno mismo.

Durante ese proceso apareció algo de lo que rara vez se habla cuando se narran historias migratorias: la salud mental. William no oculta que tocó fondo. La pérdida súbita de todo lo conocido, la culpa, la incertidumbre, la presión de mantener y proteger a una familia entera.

Ansiedad, miedo, una tristeza densa que no siempre encuentra palabras. En ese momento, el acompañamiento —no solo material, también humano— resultó decisivo. Alguien que escucha, sin corregir ni juzgar, puede convertirse en un punto de apoyo tan importante como un techo.

Tras meses de tránsito, llegó el traslado a O Barco de Valdeorras. Un lugar pequeño, reconocible, sin la intimidación de las grandes ciudades. Aquí, por primera vez en mucho tiempo, la familia recuperó algo esencial: intimidad. Un piso propio, la posibilidad de cocinar, de elegir colegio, de ordenar la vida desde lo cotidiano. Era el comienzo de una reconstrucción real.

El trabajo llegó después, precedido de cursos, trámites y espera. William se incorporó al sector de la pizarra, un mundo que desconocía por completo y que acabó convirtiéndose en un espacio de integración. Habla de las empresas y de sus compañeros con gratitud sincera, subrayando algo que considera fundamental: el trato. No como inmigrante, no como expediente administrativo, sino como trabajador. Como uno más.

Sin embargo, la estabilidad seguía siendo frágil. Su situación administrativa —ligada a la tramitación del asilo y a permisos de trabajo temporales— impone límites silenciosos. Cada vencimiento de documentos traía consigo el mismo temor: quedar fuera del sistema por una cuestión ajena al desempeño laboral. No poder acceder a determinados derechos, no poder planificar a medio plazo, no poder aspirar a un crédito ni a un proyecto propio. Vivir, en definitiva, en una provisionalidad que no se ve, pero pesa.

Por eso el anuncio de una regularización extraordinaria tiene para él un significado profundo. No lo interpreta como un regalo, sino como una posibilidad de arraigo real. De dejar de demostrar, una y otra vez, que merece quedarse. De pasar de la supervivencia a la proyección. William no habla de ayudas; habla de aportar. De trabajar. De emprender.

Entre esos planes hay uno que repite con entusiasmo: abrir un restaurante. Sería su manera de sumar. De ofrecer algo al lugar que lo ha acogido. De abrir los domingos, de generar vida, de diversificar. De construir futuro desde lo concreto. Sus hijos, dice, necesitan crecer en un terreno firme, no blando. Y él quiere ser parte activa de ese suelo.

El discurso de William rehúye el enfrentamiento. Reconoce los miedos que existen en la sociedad, pero insiste en que los prejuicios no se desmontan con consignas, sino con hechos. Trabajar, cuidar, respetar, convivir. Demostrar con el día a día que la migración no es una amenaza, sino una realidad compleja que puede ser también una oportunidad conjunta.

En Colombia, además de trabajar como asesor comercial, fue cantante de orquesta. La música quedó en un segundo plano con la migración, aunque no ha desaparecido. Al terminar la entrevista, ya sin micrófonos, William me regaló una canción.

Puedes escuchar aquí la entrevista completa: