Tres personas y todo un pueblo detrás del Medieval de Tremiñá (O Barco)
Cuando los primeros visitantes crucen este sábado el Ponte Pombeira encontrarán un pueblo medieval. Habrá más de medio centenar de puestos, música, artesanos, pasacalles y actividades desde la mañana hasta la noche. Lo que no verán serán las reuniones celebradas durante meses, las horas dedicadas a decorar cada rincón de la aldea o las llamadas para cuadrar hasta el último detalle. Ese trabajo recae, en el día a día, sobre tres personas. Después, prácticamente todo Tremiñá acaba echando una mano.
Así se sostiene desde hace dieciocho ediciones una de las citas más singulares del verano en Valdeorras. «Moito esforzo», resume Amparo Rodríguez, de la asociación Tremiñá no mapa. También «moita alegría» por comprobar que la feria sigue creciendo y reuniendo cada verano a vecinos, artesanos y visitantes.
La organización apenas se detiene. Cuando termina una edición llega el momento de analizar qué ha funcionado, qué se puede mejorar y empezar a imaginar la siguiente. El último mes concentra el mayor volumen de trabajo, pero las ideas se van cocinando durante todo el año. «Case non paramos», reconoce Rodríguez.
Aunque la coordinación recae en un grupo muy reducido, la feria acaba implicando a buena parte de la aldea. Vecinas que durante años organizaron el Medieval, residentes que colaboran cuando hace falta y artesanos que regresan edición tras edición forman una red de voluntariado sin la que sería imposible sacar adelante una jornada de estas dimensiones. Algunos llevan acompañando a Tremiñá prácticamente desde el primer mercado.
Ese carácter colectivo explica también por qué los más de cincuenta puestos se reparten por seis espacios diferentes. La intención es que quien llegue recorra el pueblo entero y descubra todos sus rincones. «É unha feira de toda Tremiñá», resume Rodríguez. Esa filosofía también se refleja en la ambientación, en la decoración y en el cuidado con el que artesanos y vecinos preparan su indumentaria para que la sensación de viajar unos siglos atrás resulte lo más creíble posible.
Pero el Medieval de Tremiñá no quiere quedarse solo en una cuidada recreación histórica. La feria conserva tradiciones que hace años formaban parte de la vida cotidiana de la aldea. El torneo de bolos alcanza su decimotercera edición y la malla vuelve a ocupar un lugar destacado en la programación. Lo hace, además, gracias al relevo generacional. Quienes hoy empuñan los mallos son jóvenes que nunca tuvieron que separar el grano de la paja para ganarse la vida, pero que han aprendido el oficio para impedir que esa imagen desaparezca de la memoria colectiva.
Ese mimo por los detalles convive, sin embargo, con otro rasgo que define perfectamente el espíritu de la fiesta: el humor. Lejos de convertirse en una recreación solemne, el Medieval invita a participar y a reírse. Las Olimpiadas Medievales, que se estrenaron el año pasado y regresan con más equipos inscritos, proponen pruebas para competir entre amigos y convertir al público en protagonista de la jornada. La inscripción permanecerá abierta hasta poco antes de comenzar la actividad para que nadie se quede con las ganas de participar.
Y cuando caiga la noche llegará una de las grandes novedades de esta edición: la primera fiesta horteromedieval. La idea surgió de Saúl, uno de los organizadores, conocido por las populares fiestas horteras que impulsó durante años en O Barco. Ahora ha decidido mezclarlas con la estética medieval para animar a los asistentes a sacar su lado más creativo, reinterpretar los trajes de época con mucho sentido del humor y terminar la jornada bailando. Incluso la organización ha compartido propuestas de vestuario en sus redes sociales para quienes necesiten inspiración.
El pregón colectivo abrirá la jornada a las once de la mañana y, a partir de ahí, Tremiñá no bajará el ritmo hasta la noche. Artesanía, gastronomía, talleres, cuentacuentos, pasacalles, espectáculo de fuego, bolos, malla, Olimpiadas Medievales y fiesta horteromedieval compondrán un programa pensado para quedarse todo el día. Porque si algo tienen claro quienes llevan meses preparando esta cita es que el mejor recuerdo que puede llevarse quien la visite no es un objeto comprado en un puesto, sino las ganas de volver al año siguiente.
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