Ricardo Marini, el pediatra que llegó por casualidad a O Barco y acabó encontrando su lugar en el mundo

Ricardo Marini, el pediatra que llegó por casualidad a O Barco y acabó encontrando su lugar en el mundo
El pregonero de las Festas do Cristo reconstruye una vida atravesada por la emigración, el azar y casi cuatro décadas de medicina en Valdeorras. Vino desde Argentina pensando en quedarse uno o dos años; hoy asegura que ya no podría vivir en otro sitio

Ricardo Marini habla de Buenos Aires y asoma inevitablemente la nostalgia. Habla de O Barco y, al final, aparece algo más difícil de contener. La voz se quiebra, los ojos se humedecen y necesita unos segundos para continuar. Acaba de recordar a los niños que atendió hace décadas y que hoy son médicos con los que conversa «de igual a igual»; también a aquellos que han regresado a su consulta convertidos en padres y llevan ahora a sus propios hijos. «¿Cómo no voy a estar encariñado?», se pregunta. Después apenas hace falta preguntar nada más. «Yo quiero mucho este lugar. Y a su gente, la quiero mucho, en serio».

Treinta y siete años después de llegar a Valdeorras, el pediatra Ricardo Marini será el encargado de pronunciar el pregón de las Festas do Cristo. La elección le sorprendió. No nació aquí, reconoce, pero hace tiempo que dejó de sentirse de fuera. «Tengo raíces ahora», afirma. Y añade una frase que probablemente explique mejor que ninguna otra qué significa para él este nombramiento: «Vivo aquí, ya no podría vivir en otro lugar».

Nada hacía presagiar en 1989 que acabaría ocurriendo.

Salir de Argentina

Marini tenía su vida hecha en Buenos Aires. Era pediatra y neonatólogo; su mujer, Vicky, psicóloga. Tenían dos hijos pequeños, una posición económica desahogada y una familia estrechamente unida. Pero Argentina se había convertido en un lugar donde el miedo comenzaba a infiltrarse en la vida cotidiana.

Recuerda la hiperinflación, la delincuencia y los secuestros, pero, sobre todo, escenas concretas. Un día regresaba del hospital cuando su coche quedó en medio de un tiroteo entre narcotraficantes y policías. En otra ocasión, un compañero médico fue abordado dentro de su vehículo, llevado a las afueras, golpeado y abandonado después de que le robaran el coche. Mandar a los niños al colegio implicaba llamar después para comprobar que habían llegado. La familia decidió marcharse. No para siempre: «uno o dos años», hasta que la situación mejorase.

El primer destino fue Italia, donde le habían ofrecido trabajo. Permaneció allí cerca de cuatro meses, pero la experiencia no respondió a sus expectativas y decidió regresar a Argentina. Antes hizo caso a una petición de Vicky, su esposa: ya que estaba en Europa, debía pasar por Toral de los Vados (León) para visitar a la familia de su madre, descendiente de aquella tierra y emigrada a Argentina.

Estaba en Toral, con el billete de regreso prácticamente decidido, cuando un amigo argentino, también médico y de nombre Ricardo, lo llamó desde Vigo. La situación en Buenos Aires había empeorado y trató de convencerlo de que no volviera todavía. Marini accedió al menos a reunirse con él y conocer algunos hospitales de Vigo. Aprovecharon además el viaje para desplazarse a Pontevedra, donde vivía un antiguo compañero suyo, un ginecólogo gallego con el que había compartido guardias en Buenos Aires. También él insistió: regresar en aquel momento no parecía una buena idea. Marini, sin embargo, seguía decidido. «De alguna manera sobreviviremos», recuerda que respondió.

Fue al regresar de Pontevedra a Vigo cuando ocurrió algo que reforzó precisamente la sensación contraria: quizá tampoco aquel era su sitio.

Era de noche, llovía y, en mitad del trayecto, el tren se detuvo. El revisor recorrió los vagones pidiendo un médico. Marini levantó la mano. Su amigo intentó frenarlo —ninguno de los dos ejercía todavía en España—, pero él no dudó: «No importa, piden un médico, algo pasa». El convoy acababa de atropellar a una mujer. Los dos caminaron junto a las vías hasta encontrarla y solo pudieron confirmar que había fallecido.

Volvieron al tren profundamente impresionados. «Estos comienzos son malos», pensó Marini. Su amigo coincidía: «Comenzamos mal, Ricardo». Al día siguiente, la prensa recogía el suceso y mencionaba a los dos médicos argentinos que viajaban en el convoy. Para alguien que llevaba meses debatiéndose entre quedarse en Europa o regresar con los suyos, aquel episodio tuvo algo de mal presagio. Marini volvió a Toral con más ganas que nunca de tomar el avión de regreso a Buenos Aires.

Y entonces, cuando parecía haber tomado definitivamente una decisión, volvió a llamar su amigo Ricardo.

Le pedía un último favor antes de marcharse: había visto que un hospital situado al este de Ourense buscaba urgentemente un oftalmólogo y quería que averiguase dónde estaba y en qué condiciones ofrecían la plaza. Marini preguntó a su familia de Toral por aquel hospital «en un lugar que se llama algo del Barco no sé de qué».

Así llegó, casi por encargo de otro, hasta O Barco de Valdeorras.

«Pediatra soy yo»

Llegó después de una nevada. «Era una postal». En el hospital lo recibió la pediatra Nieves Martínez Ortega y Marini explicó que venía en nombre de un amigo. El oftalmólogo hacía falta, efectivamente, pero antes de despedirse ella lanzó otra pregunta: si conocía a algún pediatra dispuesto a trasladarse a O Barco. «Pediatra soy yo, pero tengo el billete ya para irme a Buenos Aires».

Cuando añadió que era neonatólogo, la coincidencia fue todavía mayor: también necesitaban uno. Había entrado buscando un contrato para otra persona y salió con la posibilidad de cambiar su propia vida.

Llamó a Vicky. ¿Cómo era O Barco? «Es blanco», le respondió. Todo estaba cubierto de nieve y a Marini le recordaba a Bariloche. Aceptar, sin embargo, exigía superar en Madrid el entonces obligatorio examen de colegiación. Tenía apenas once días para preparar una prueba sobre legislación española y sanitaria que desconocía por completo. Lo aprobó.

Ya en Buenos Aires, las piezas volvieron a encajar con una facilidad que Marini todavía hoy interpreta entre el azar y la providencia. La casa se alquiló rápidamente y los dos coches se vendieron en una semana. «Esto es señal de que nos tenemos que ir», le dijo a su mujer. Pero, la realidad resultó algo menos idílica que aquella postal.

Cuando Vicky y los niños llegaron en marzo, la nieve había desaparecido. Venían en tren desde Madrid y el viaje se les hacía interminable. Ya en O Barco, al salir de la estación, Vicky miró alrededor y preguntó: «¿Y el centro dónde está?». Su marido respondió: «Esto es el centro». Acostumbrada a Buenos Aires y enamorada del mar, ella no terminaba de encontrar el atractivo de las montañas ni del río. Marini llegó a pensar que había cometido «el mayor fracaso» de su vida al sacar a su familia de un lugar en el que era feliz.

El precio de empezar de nuevo

La adaptación fue bastante más ardua de lo que puede sugerir una historia contemplada casi cuatro décadas después. Rodrigo, el mayor, echaba de menos a sus amigos y pedía regresar. Federico era todavía más pequeño y comenzó a mostrar comportamientos que preocuparon a su padre incluso como pediatra. Vicky añoraba Buenos Aires. «Tuve que poner muchísimo de mí para poder mantener el eje de la familia», recuerda.

Tampoco el camino profesional fue lineal. Alrededor de un año después de su llegada, y por «causas ajenas a él», dejó el Hospital de Valdeorras. Permaneció unos cinco años fuera y fue entonces cuando puso en marcha su clínica privada. Funcionó bien, pero faltaba algo. Marini se define como «un animal de hospital»: echaba de menos aquel trabajo y acabó regresando.

Quizá por eso no idealiza aquellos primeros años. «No fue fácil el comienzo», resume.

La emigración dejó también heridas menos visibles. En 1991 acudió con su familia a ver dos películas argentinas que se proyectaban en O Barco. Salieron llorando los cuatro. Unas enfermeras del hospital le preguntaron entonces cuál era su lugar en el mundo y Marini volvió a llorar porque no sabía qué responder. «En ese momento sí que no sabíamos de dónde éramos».

Hoy sí lo sabe. «Tengo un privilegio, tengo dos lugares en el mundo a los que quiero muchísimo: Buenos Aires y O Barco de Valdeorras».

Un pregón de agradecimiento

Marini no quiere desvelar demasiado de lo que dirá en el pregón, aunque sí adelanta su hilo conductor: «La base del pregón es el agradecimiento». Agradecimiento a una población que, asegura, recibió a aquella familia argentina «desde el primer momento» con un cariño «imposible de ignorar».

El tiempo hizo el resto. Por su consulta han pasado niños que ahora son hombres y mujeres, padres que regresan con una nueva generación de pacientes e incluso antiguos pacientes que hoy son médicos. O Barco dejó de ser aquel pequeño punto en el mapa al que llegó buscando trabajo para un amigo.

«Antes, cuando me preguntaban cuál era mi lugar en el mundo, siempre decía Buenos Aires», recuerda. «Con los años fue cambiando. Y ahora también es O Barco. Porque lo tengo aquí dentro».

Es entonces cuando se emociona. La voz se quiebra y durante unos instantes las palabras empiezan a costarle. El hombre que llegó pensando en quedarse uno o dos años será este viernes quien abra las fiestas grandes del lugar en el que, después de tantas señales contradictorias, casualidades y vueltas del camino, terminó echando raíces.

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