No es mala suerte: por qué repetimos relaciones que nos hacen daño
Termina una relación. Hay dolor, decepción y, casi siempre, una promesa: «La próxima vez será diferente». Sin embargo, pasa el tiempo, aparece una nueva persona y, sin saber muy bien cómo, la historia vuelve a parecerse demasiado a la anterior. Quizá no sea exactamente igual. Cambian los rostros, las profesiones, las aficiones o la forma de hablar. Pero el resultado acaba siendo inquietantemente familiar: otra vez la distancia emocional, otra vez la necesidad constante de demostrar el propio valor, otra vez la sensación de estar persiguiendo algo que nunca termina de llegar.
«No sé qué me pasa, pero siempre acabo en el mismo tipo de relación». Es una frase que la psicóloga Iria Fernández escucha con frecuencia en consulta. Y, según explica, la respuesta no suele estar en la mala suerte ni en una extraña casualidad. «Nos gusta pensar que elegimos de forma racional, pero en realidad elegimos desde lo emocional, desde lo que conocemos, desde lo que nuestro cerebro reconoce como familiar», señala.
Y ahí aparece una de las claves más incómodas de aceptar: lo familiar no siempre es saludable. Muchas personas creen que repiten personas. En realidad, lo que suelen repetir son dinámicas.
Hay quien se siente atraído una y otra vez por personas emocionalmente indisponibles. Otras personas se ven envueltas en relaciones muy intensas al principio y profundamente inestables después. También están quienes asumen sistemáticamente el papel de salvadores, cuidadores o rescatadores, incluso cuando eso supone dejar sus propias necesidades en segundo plano.
Según explica Fernández, buena parte de estos patrones tienen su origen en los aprendizajes tempranos. «Lo que vimos en casa, cómo nos trataron y cómo aprendimos a vincularnos deja una huella. Sin darnos cuenta tendemos a repetir dinámicas parecidas porque son las que entendemos y en las que sabemos actuar».
Durante la infancia construimos nuestra primera idea de cómo funcionan los vínculos. Observamos cómo se relacionan nuestros padres, qué lugar ocupa el afecto, cómo se gestionan los conflictos o qué papel desempeña cada miembro de la familia. Lo hacemos además desde una posición muy particular: la de quien da por hecho que aquello que ve es normal.
Con el paso de los años, muchas de esas creencias permanecen ahí, aunque no seamos conscientes de ellas. «Tengo que esforzarme para que me quieran». «El amor cuesta». «Si me lo gano, valdrá más». Son algunas de las ideas que, según la psicóloga, pueden esconderse detrás de relaciones que generan sufrimiento.
Pero si algo llama especialmente la atención es la capacidad que tienen ciertas relaciones para engancharnos. ¿Por qué cuesta tanto abandonar una relación que nos hace daño? La explicación tiene más que ver con la psicología que con el romanticismo.
Fernández recurre a una comparación muy gráfica: las máquinas tragaperras. Cuando una persona aparece y desaparece, cuando unas veces ofrece afecto y otras lo retira, cuando alterna cercanía y distancia, se activa lo que los psicólogos llaman refuerzo intermitente. «No sabes cuándo vas a ganar y por eso no puedes dejar de jugar», resume.
Paradójicamente, la tranquilidad no siempre resulta tan atractiva como pensamos. A veces incluso la confundimos con aburrimiento. En cambio, la incertidumbre, la espera y la necesidad constante de obtener validación generan una intensidad emocional que algunas personas interpretan erróneamente como amor.
Y ahí surge otra pregunta incómoda: ¿cuántas veces confundimos la ansiedad con el enamoramiento? Para Fernández, aprender a distinguir ambas experiencias es fundamental. «Lo que engancha da ansiedad. Lo que necesitamos da tranquilidad».
Romper estos patrones no es sencillo. Requiere detenerse, observarse y hacerse preguntas que no siempre tienen respuestas agradables. ¿Qué tienen en común las personas que elijo? ¿Por qué determinados comportamientos me resultan atractivos? ¿Estoy buscando bienestar o simplemente algo que me resulta conocido?
La buena noticia es que los patrones aprendidos también pueden desaprenderse. La psicóloga recomienda ir más despacio al inicio de las relaciones, no dejarse llevar únicamente por la intensidad emocional de los primeros momentos y aprender a elegir desde las propias necesidades en lugar de hacerlo desde aquello que genera enganche.
Porque, aunque solemos pensar que el amor consiste en encontrar a la persona adecuada, quizá la pregunta más importante sea otra. No quién elegimos. Sino desde dónde estamos eligiendo. «No te enamoras de quien te hace bien; te enamoras de quien tu cerebro reconoce», concluye Fernández.
Y precisamente por eso, cuando cambiamos aquello que reconocemos como normal, también pueden cambiar las relaciones que construimos.
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