Cuando la vocación no entiende de género
Hay trabajos que solo se hacen bien cuando detrás hay vocación. Profesiones que exigen temple, preparación y la capacidad de actuar cuando otros se detienen. En O Barco de Valdeorras, Beatriz Delgado y Sonia González representan esa primera línea del servicio público —una desde la Policía Local, otra desde el Grupo de Emergencias Supramunicipal (GES)—.
En un ámbito que durante muchos años fue casi exclusivamente masculino, ambas han construido su camino con naturalidad, profesionalidad y cercanía. Con motivo del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, sus historias ponen rostro al trabajo silencioso de tantas mujeres que hoy protegen, ayudan y cuidan a la ciudadanía desde uniformes que ya no entienden de género
Beatriz Delgado, 25 años cuidando de O Barco
La Policía Local es uno de los servicios públicos más cercanos a la ciudadanía. Regular el tráfico, garantizar la seguridad, mediar en conflictos o atender a los vecinos forma parte del día a día de sus agentes. En O Barco, una de esas caras conocidas es la de Beatriz Delgado, Bea para todos, que acaba de recibir la medalla por sus más de dos décadas de servicio en el cuerpo.
Una trayectoria marcada por la vocación y la cercanía con la gente. «Veinticinco años me parecen mucho. Para mí fue antes de ayer, porque no tengo la sensación de tantos años. Será que los he disfrutado», cuenta entre risas.
Su historia con la policía comenzó mucho antes de ponerse el uniforme. Desde muy pequeña tenía claro cuál era su sueño. «Recuerdo que cuando era niña siempre decía que quería ser policía, pero mi padre me decía: “Curriña, no hay mujeres policía”. Yo no entendía muy bien lo que quería decir».
Todo cambió cuando vio a una mujer regulando el tráfico en Ourense a principios de los años ochenta. Aquella imagen se le quedó grabada. «Tenía seis o siete años y recuerdo decirle a mi padre: “Papá, es una mujer que lleva falda… ¿entonces puedo ser policía?”».
Años después, ese deseo infantil se convirtió en realidad. Aunque al principio pensó en opositar para la Guardia Civil, la llegada de Eva —la primera mujer policía local de O Barco— terminó de marcar su camino.
«Cuando Eva llegó me hizo mucha ilusión verla aquí. Mi madre incluso fue a preguntarle dónde había preparado la oposición. Y ahí fue cuando yo me subí al carro», recuerda.
Eva había abierto una puerta que hasta entonces nadie había cruzado. Por eso, Beatriz reconoce que su llegada al cuerpo fue más sencilla que la de su compañera. «A Eva le costó más. Ella tuvo que labrarse el camino. El mío me lo dejó totalmente aradito y lisito. Cuando yo entré la gente ya estaba habituada a ver a una mujer policía».
Aun así, los primeros años también dejaron anécdotas que hoy recuerda con humor. «Estaba en prácticas y denuncié un coche que estaba encima de un paso de peatones. El dueño vino y me dijo: “¿Tú no sabes quién soy yo?”. Y yo le respondí: “No, pero déjeme su DNI y lo averiguo inmediatamente”».
En otras ocasiones, el trato cotidiano también refleja pequeñas diferencias. «A un compañero le dicen “policía” o “señor guardia”. A nosotras muchas veces nos dicen “nena”. No lo hacen con mala intención, pero pasa».
El trabajo diario de la Policía Local tiene muchas caras, desde la vigilancia del tráfico hasta la atención a los vecinos o la presencia en los colegios. Y precisamente ahí, con los más pequeños, es donde Bea encuentra uno de los momentos más gratificantes de su profesión.
«Cruzar a los niños todos los días, decirles buenos días o dar charlas de educación vial me da la vida. Es algo que disfruto muchísimo».
Su cercanía con los colegios hace que muchos niños la conozcan y la saluden por la calle. «Mi hija me dice: “Mamá, ¿por qué todos los niños te conocen?”. Pues porque estamos con ellos, porque hablamos con ellos. Es muy gratificante».
Durante su carrera también ha vivido momentos difíciles, como intervenciones complicadas o situaciones de violencia. Recuerda especialmente una pelea familiar en la que tuvo que intervenir sola. «El agresor me agarró del cuello y la situación se complicó mucho, pero una mujer que pasaba en coche se bajó y se lanzó sobre él para ayudarme. Siempre se lo agradeceré».
También hay espacio para anécdotas más ligeras, como el día en que corrió detrás de la figura de San Mauro cuando estuvo a punto de caer durante una celebración. «Corrí porque le tengo muchísimo aprecio a San Mauro… aunque correr con tacones no fue la mejor idea», recuerda entre risas.
A lo largo de estos años, Beatriz también ha estado implicada en el seguimiento de víctimas de violencia de género, incluso antes de que existiera la actual legislación. «Cuando empezaron a aparecer los primeros casos vimos que no podíamos dejar a esas mujeres solas. Les ofrecíamos acompañamiento, apoyo y un teléfono al que llamar cuando lo necesitaran».
Después de tantos años en el cuerpo, tiene claro qué es lo que sigue motivándola cada día. «Ayudar a los demás. Para mí eso es lo principal. Estar cerca de la gente, escuchar sus problemas y poder echar una mano».
Y esa vocación sigue despertando admiración entre los más pequeños. «Cada vez que voy a un colegio siempre hay algún niño que me dice que quiere ser policía. Y eso me encanta».
Entre ellos está Roi, un pequeño de apenas tres años que la mira con auténtica fascinación cada vez que la ve. «Tiene una cara de alegría y de admiración increíble. Cuando me ve le brillan los ojos».
Quizás porque, en el fondo, Beatriz se reconoce un poco en ese niño. «Sí, yo creo que sí. Veo en él a la niña que quería ser policía».
Sonia González, vocación de emergencia
La integrante del GES de O Barco reivindica en el Día Internacional de la Mujer el papel femenino en un trabajo todavía muy masculinizado, donde la técnica, la preparación y la serenidad pesan tanto como la fuerza.Durante muchos años, profesiones vinculadas a las emergencias, los rescates o la intervención en siniestros estuvieron asociadas casi exclusivamente a los hombres. Poco a poco esa realidad va cambiando. En el GES de O Barco, Sonia González forma parte de esa transformación que demuestra cada día que la capacidad para responder en una emergencia no entiende de géneros.
Lleva ocho años trabajando en este ámbito y habla de su profesión con naturalidad y convicción. «Este es un mundo de hombres, o así se piensa muchas veces, pero dentro de ese mundo en el que parece que todo es fuerza bruta, prima mucho más la maña».
Sonia llegó a O Barco tras haber formado parte del Grupo Municipal de Emergencias de O Carballiño. Fue el proceso de estabilización del GES el que la trajo hasta Valdeorras, donde asegura haberse integrado perfectamente. «Siempre me llamó mucho la atención el GES. Aprobé y ahora estoy aquí, encantada de la vida y sumando años».
Aunque reside en O Carballiño, se desplaza a O Barco para realizar guardias de 24 horas. Su llegada también obligó a adaptar algunas instalaciones para cumplir con la normativa de prevención de riesgos laborales, con habitaciones separadas y espacios adecuados. «Desde el Concello agradezco que acometieran esas reformas, porque eran necesarias».
La vocación de Sonia por las emergencias comenzó de una manera muy similar a la de muchos profesionales del sector, ayudando primero desde el voluntariado. «A mí siempre me gustó ayudar a la gente. Empecé en Protección Civil, me gustó y a partir de ahí comencé a opositar».
Con el tiempo fue consolidando su carrera en este ámbito. Y aunque la etiqueta sea distinta, tiene claro que el trabajo que realiza es comparable al de otros cuerpos de intervención. «Yo me considero bombero, aunque en mi ropa ponga GES, porque hacemos muchas de las mismas funciones y nos formamos de la misma manera».
Su primera intervención fue un accidente de tráfico con una persona atrapada y herida grave, una situación que recuerda con intensidad. Aun así, explica que mantener la calma es una parte esencial del trabajo. «Estaba nerviosa, claro, pero mi trabajo es estar tranquila y transmitir tranquilidad a las víctimas y a sus familiares».
En las emergencias, explica, la reacción de quienes están alrededor puede ser incluso más difícil de gestionar que la propia intervención. «Muchas veces están más nerviosos los familiares o los acompañantes que la propia víctima, y nosotros tenemos que transmitir esa calma». Y es que Sonía trasmite esa tranquilidad aunque también la fuerza que tiene en su interior.
Para lograrlo, la formación constante es fundamental. Sonia insiste en que el aprendizaje nunca se detiene en este trabajo. «Es una profesión en la que tienes que formarte física, psicológica y mentalmente. Siempre estoy haciendo cursos, estudiando o hablando con compañeros sobre intervenciones».
Ese entrenamiento no es solo técnico. También existe un componente emocional importante, especialmente cuando se afrontan situaciones duras. «La parte psicológica es muy importante porque vivimos cosas complicadas. Hablar con compañeros, compartir cómo lo vivimos o cómo actuamos ayuda mucho».
En estos años de experiencia también ha podido comprobar cómo persisten algunos prejuicios hacia las mujeres en este tipo de profesiones. Uno de los ejemplos más claros lo vivió cuando empezó a conducir los camiones del servicio.«Al principio no los cogía. Notaba miradas, comentarios, gente que se quedaba mirando solo porque era una mujer conduciendo el camión», recuerda. Con el tiempo fue ganando confianza gracias al apoyo de sus compañeros. «Uno de ellos me dijo: “¿Qué más te da? Conduce y ya está”. Y así fue».
Aun así, todavía aparecen comentarios cargados de desconocimiento. «He llegado a intervenciones con el camión y alguien se ha reído diciendo: “Mira, es una mujer”. Y yo pienso: sí, es una mujer, ¿qué pasa?».
Sonia insiste en que muchas críticas parten de una idea equivocada sobre cómo funciona realmente el trabajo de emergencias. «Nosotros trabajamos en binomios. Mi compañero es mi vida y yo soy la vida de mi compañero. Si él entra conmigo, sale conmigo».
Por eso también desmonta uno de los tópicos más habituales: la fuerza física. «Muchos dicen: “¿Cómo me vas a levantar si peso 80 kilos?”. Pero trabajamos con técnica y con seguridad. Muchas veces es cuestión de maña».
De hecho, explica que en numerosas intervenciones domiciliarias ha tenido que ayudar a levantar a personas caídas en casa. «Me preguntan cómo lo hago y les digo que es técnica. No siempre es cuestión de fuerza».
Desde su incorporación al servicio en O Barco ha comprobado que buena parte de las intervenciones tienen que ver con accidentes de tráfico y pequeños incendios urbanos. Y precisamente uno de esos accidentes es el que más la ha marcado.
Se trató del atropello de una joven por parte de un conductor que circulaba bajo los efectos del alcohol. «Lo que más me impactó fue el nivel de disociación del conductor, que no era consciente de lo que había hecho».
Ante situaciones así, explica, la única forma de actuar es concentrarse en el trabajo. «No lo piensas. Te pones en modo trabajo y haces lo que tienes que hacer».
Para Sonia, las cualidades necesarias para dedicarse a este tipo de profesión tienen más que ver con la cabeza que con la fuerza. «Hace falta mucho temple, mucha calma y saber lo que haces. Si corres sin pensar, siempre se olvida algo».
A las chicas que estén pensando en dedicarse a este ámbito les lanza un mensaje claro. «Que opositen y que no hagan caso de los comentarios. Muchas veces esos comentarios vienen del desconocimiento».
Además de la intervención en emergencias, también disfruta acercando su trabajo a la ciudadanía. «Tenemos las puertas abiertas para quien quiera conocer nuestro trabajo o ver el material que utilizamos».
Y si los visitantes son niños, todavía mejor. «Me encanta subir a los niños al camión, enseñarles las luces y explicarles cómo funciona todo».
En este Día Internacional de la Mujer, Sonia González representa a tantas profesionales que han ido abriendo camino en sectores tradicionalmente masculinizados. Lo hace sin grandes discursos, pero con la seguridad de quien sabe que, en una emergencia, lo importante no es el género, sino la preparación, la serenidad y la capacidad de actuar cuando más se necesita.
En este Día Internacional de la Mujer, su historia recuerda que los caminos que hoy parecen naturales fueron abiertos por quienes se atrevieron a recorrerlos primero. Y también por quienes, como Bea, siguen caminándolos cada día a pie de calle, cerca de la gente.