Abraham Cupeiro: «Mentres estás aprendendo na vida, estás no camiño do que chaman felicidade»

Abraham Cupeiro: «Mentres estás aprendendo na vida, estás no camiño do que chaman felicidade»
El músico gallego llega este viernes a Xagoaza (O Barco de Valdeorras) con las 400 entradas agotadas para Os Sons Esquecidos. Antes, habla con Onda Cero Valdeorras de la memoria del rural, de sus cuatro abuelos, de sonidos de hace miles de años y de una forma de entender la vida en la que el amor precede al esfuerzo
 

Abraham Cupeiro se dedica a recuperar sonidos del pasado, pero basta conversar un rato con él para descubrir que lo que verdaderamente le interesa son las personas: las que los hicieron sonar hace miles de años, las que conservaron conocimientos sin escribirlos jamás, las que en algún momento llegaron a avergonzarse de ellos y las que todavía están a tiempo de transmitirlos si encontramos la manera de escuchar.

Este viernes, Cupeiro llevará Os Sons Esquecidos hasta Xagoaza, en O Barco de Valdeorras –como broche final del VII Terrasón – con las 400 entradas disponibles agotadas y ante un público al que propone un viaje de unos 75 minutos. Será también su primer encuentro con un lugar que, de momento, solo conoce por fotografías, aunque lo que ha visto le basta para imaginar lo que puede ocurrir allí. «Nun sitio como este, antigo mosteiro, onde se respira historia, calma, contemplación, xa tes unha atmosfera perfecta para comezar a emitir estes sons con estes instrumentos esquecidos no tempo», explica en una entrevista para Somos Comarca.

Cupeiro habla de un «maridaxe perfecta» y de introspección, aunque advierte de que el concierto será también «unha sorte de montaña rusa de emocións», con momentos calmados y otros más eufóricos. Sonarán el karnyx celta, la corna gallega, el cornetto o el duduk armenio, e incluso aparecerá algún instrumento encontrado en un contenedor porque, dice, también merece «unha segunda oportunidade, como todos nós na vida moitas veces».

Entre todos ellos se detiene en el duduk, un instrumento armenio con más de tres mil años de tradición con el que interpreta un tema lento y de sonido muy suave que, pese a esa aparente fragilidad, suele atrapar al público. A Cupeiro le gusta comprobar que, en un tiempo de grandes potencias sonoras, grabaciones y pregrabaciones, algo tan delicado todavía consiga «penetrar na xente», porque «tamén as cousas que son máis calmas teñen lugar neste estresado século XXI».

Recuperar un instrumento antiguo, sin embargo, no significa saber exactamente qué música interpretó quien lo sostuvo entre sus manos siglos atrás. Los instrumentos conservan lo que Cupeiro llama su «vocabulario»: giros melódicos, frases, sonidos y un determinado acento que permiten acercarse a cómo pudieron escucharse hace miles de años, aunque con esas palabras antiguas él construye un relato propio. «A partir desas palabras, desas letras, por así dicilo, vaise xerando un discurso que sae do teu corazón, non da túa mente».

Foto redes sociales Abraham Cupeiro

Ahí reside una de las claves de su trabajo: no utiliza el pasado para encerrarlo en una vitrina, sino para crear con él. Tampoco quiere que su colección termine convertida en un museo y, cuando se le pregunta cuántos instrumentos posee, ni siquiera ofrece una cifra exacta —«trescentos e pico»— para un conjunto que prefiere definir como «un arsenal sonoro».

Algunos le han exigido mucho más que curiosidad. El aulos griego —dos tubos que Cupeiro compara con una especie de doble oboe— fue uno de sus grandes retos: primero tuvo que construirlo y después aprender a dominar la respiración circular necesaria para tocarlo sin dejar de soplar, además de conseguir que aquel sonido pudiera convivir afinado con instrumentos contemporáneos. Hubo frustración y muchas horas de aprendizaje hasta conseguir que aquello que llevaba siglos callado pudiera volver a sonar sobre un escenario, aunque no todo lo que Cupeiro ha recuperado necesitó una reconstrucción arqueológica: uno de los sonidos que buscaba en el pasado había estado siempre mucho más cerca, dentro de su propia familia.

Una llama que seguía encendida en casa

Su abuelo tocaba la corna gallega y Cupeiro tardó años en descubrirlo. Detrás de aquel silencio había algo que trascendía a una familia, porque quienes poseían determinados conocimientos tradicionales habían llegado incluso a sentir cierta vergüenza de ellos, saberes vinculados a un mundo rural al que durante demasiado tiempo se enseñó a mirar como algo menor.

Cupeiro habla del orgullo de «volver sacar á palestra estes instrumentos que ninguén quería saber deles» y, en el caso de su abuelo, recuperar aquel sonido significó también transformar la manera de mirar su propia historia. «Ver que esta chama segue viva é algo que me emociona», reconoce al recordar cómo aquel hombre terminó desprendiéndose de esa vergüenza y sintiéndose orgulloso de lo que hacía cuando era un niño.

La historia de una corna abre entonces una conversación mucho mayor, porque un instrumento puede reconstruirse a partir de restos, imágenes o vestigios arqueológicos, pero recuperar un conocimiento que solo existe en la memoria de una persona resulta bastante más difícil. «Eu sempre digo que a intelixencia artificial, por exemplo, pode ensinarnos moitas cousas, pero non pode entrar na mente e nos coñecementos dunha persoa que vivira nun rural de hai cincuenta, sesenta anos, porque todos eses coñecementos aprendéronse de xeración en xeración».

Cupeiro observa así una paradoja: nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, seguimos perdiendo saberes que durante generaciones viajaron de boca en boca, que no están necesariamente en los libros y que pueden desaparecer cuando lo hace la persona que los posee. La reflexión desemboca de forma natural en una defensa del rural y, sobre todo, de quienes todavía conservan esa memoria.

Le incomoda la manera en la que demasiadas veces se ha mirado a sus mayores: «Incluso hoxe en día, nos medios, por exemplo na Televisión de Galicia, sempre aparece unha caricatura destas xentes nosas, que é o noso verdadeiro patrimonio, da xente do rural».

Foto redes sociales Abraham Cupeiro

A Cupeiro le gustaría que las hicieran otras preguntas: cuándo se planta, qué saben hacer o cómo conocen e interpretan el entorno para mostrar aquello en lo que realmente son sabios. «Moitas veces facemos unha caricatura de nós mesmos que é todo o contrario do que é esta xente, que son enciclopedias andantes de sabedoría e de destreza para poder sobrevivir no medio que nos rodea».

Y habla desde una experiencia que considera decisiva en su propia vida: «Eu tiven a sorte de poder vivir cos meus catro avós, que para min foi a mellor herdanza cultural que puiden ter». Y cuando se le pregunta cómo acercarse a una generación acostumbrada muchas veces a guardar sus historias, tampoco presume de ninguna habilidad especial. «Non che diría que me sei achegar á xente maior, pero si que sei ser respectuoso e, sobre todo, ter os ollos moi abertos».

Escuchar, observar y aprender sirven para explicar la relación de Cupeiro con sus mayores, pero también empiezan a explicar al propio músico.

Foto redes sociales Abraham Cupeiro

Primero el amor

Tiene más de 300 instrumentos y, cuando se le sugiere que hace falta una cabeza privilegiada para conocer sus posibilidades y saber cómo hacerlos convivir, rechaza inmediatamente el elogio: «O único que teño é paixón polo que fago. Simplemente iso». De una pregunta sobre instrumentos termina naciendo así una reflexión mucho más personal sobre el éxito y el esfuerzo.

«Creo que o éxito na vida é ter amor polo que fas. Incluso o esforzo vén despois do amor, porque cando ti amas algo e cres nel, pois xa te esforzas», sostiene antes de ir todavía un poco más lejos: «Moitas veces o esforzo por esforzo é o único que nos converte en escravos».

Su carrera lo ha llevado a grandes escenarios, a trabajar con importantes orquestas, a grabar en Abbey Road y a participar en la banda sonora de Gladiator II, pero Cupeiro no construye retrospectivamente un relato en el que todo aquello estuviera previsto. Lo considera una recompensa que nunca imaginó cuando era pequeño y que tampoco buscó, algo que llegó «de forma natural» y que celebra sin demasiada euforia, aunque sí con agradecimiento.

Foto redes sociales Abraham Cupeiro

Frente a esa idea tantas veces repetida de que la suerte no existe y todo depende del esfuerzo individual, él discrepa. «A sorte si que existe», afirma, porque también importa el momento en el que uno nace y el lugar en el que se encuentra. Y cuando busca la suya no habla de Abbey Road, del cine ni de los escenarios internacionales, sino de sus padres, que aunque no tenían grandes recursos confiaron en él y, sobre todo, le permitieron ser libre para buscar su camino. «E iso considero que é unha sorte».

Hay algo coherente entre aquel niño al que dejaron buscar su lugar y el hombre que continúa buscando sonidos siglos después. Cupeiro recuerda el primer día que tocó –solo tenía 11 años– como «o día máis feliz da miña vida como músico», aunque enseguida corrige cualquier tentación de idealizar la infancia porque, asegura, ahora es más feliz que entonces. «Eu creo que sigo sendo un neno, véxome reflectido así, descubrindo cada día cousas novas».

Quizá ahí esté también la explicación de una curiosidad que atraviesa toda su trayectoria y que termina llevándole a una reflexión sobre la felicidad: «Mentres estás aprendendo na vida, creo que estás como no camiño de estar neso que lle chaman felicidade, que tampouco a persigo, pero creo que se atopas o lugar onde encaixar, pois xa tes bastante gañado».

Foto redes sociales Abraham Cupeiro

Esa curiosidad aparece también cuando se le propone un juego: viajar durante una hora a cualquier momento de la historia. Cupeiro se trasladaría en torno a 1720 hasta Köthen, la ciudad alemana donde Johann Sebastian Bach trabajaba como maestro de capilla. «Gustaríame escoitar a música de Johann Sebastian Bach, con esa capela marabillosa que tiña, cando creou, por exemplo, os Concertos de Brandeburgo».

Pero lo que despierta especialmente su curiosidad es saber cómo interpretaban aquella música: «Gustaríame saber como tocaba esa xente unha música que hoxe en día é súper, súper, súper difícil, e esa pericia que tiña esa xente, porque se el escribiu esa música, aquela xente podía tocala». 

Este viernes el viaje será mucho más corto y llevará a Abraham Cupeiro hasta Xagoaza, donde contemplará por primera vez ese espacio que desde las fotografías ya le parece «súper evocador». Allí esperan 400 personas y unos 75 minutos para hacer justamente lo que lleva años proponiendo: sumergirse «en sonoridades pretéritas», «saborear o noso pasado» y, por encima de cualquier reconstrucción histórica, buscar emoción.

Porque quizá Os Sons Esquecidos no trate, después de todo, únicamente de sonidos que desaparecieron, sino de todo aquello que todavía podemos salvar si aprendemos a escuchar.

Puedes escuchar aquí la entrevista completa:

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