En su rostro se dibuja la satisfacción de quien sabe que el esfuerzo ha merecido la pena. Pero basta profundizar un poco más para entender el porqué. Detrás de cada gol, de cada entrenamiento y de cada viaje interminable hay una lucha constante, disciplina y también renuncias poco habituales a los 14 años. Vera tiene la serenidad de quien sabe lo que quiere y la determinación de quien ya ha empezado a conseguirlo.
Hay historias que empiezan con una pelota demasiado grande para unos pies demasiado pequeños. La de Vera Rodríguez comenzó con apenas tres años en el polideportivo de Calabagueiros, en O Barco, dando sus primeras patadas al balón con el Tres Cuñados Fútbol Sala.
Hoy, once años después, esa niña es subcampeona de España con la selección gallega sub-16 y una de las grandes promesas del fútbol sala femenino. Pero, detrás de la medalla hay algo más que talento, hay kilómetros, sacrificio y una convicción inquebrantable.
«Luchamos mucho y creimos en nosotras»
Disfruta con lo que hace y además se esfuerza día a día en no descender ni un sólo peldaño. La final del Campeonato de España no era un partido cualquiera. Galicia se medía a Cataluña… y en su casa. Un escenario exigente para cualquiera, más aún para una jugadora de 14 años.
«Al principio estaba muy nerviosa, pero saber que has llegado ahí es porque te lo mereces y solo queda disfrutarlo», reconoce Vera en los micrófonos de Radio Valdeorras. «Luchamos mucho y creímos en nosotras. Nadie confiaba, pero dimos una gran sorpresa».
Subcampeonas de España. Se dice rápido. Pero llegar hasta ahí no es fruto de la casualidad.
18 goles en 12 partidos… y 72 la temporada pasada
Vera juega como pívot, es decir, delantera. Y el gol forma parte de su ADN competitivo. En lo que va de temporada suma 18 goles en 12 partidos en la liga gallega. El curso pasado fue pichichi con 72 goles en 46 encuentros con su equipo. También es la máxima goleadora en la selección gallega.
Pero sus números no terminan ahí. Compite como cadete con Galicia los fines de semana y también juega en categoría juvenil. Milita en el grupo norte de Segunda Nacional, lo que implica desplazamientos a Asturias, Cantabria, Madrid, Valencia, Canarias, Baleares, Zamora o Segovia. No son viajes de 50 kilómetros. Son aviones, autobuses, hoteles y madrugones.
El sábado puede estar jugando en Ibiza. El lunes, viajando a Cataluña con la selección. Y el martes, de vuelta a entrenar.
120 kilómetros para entrenar… y los deberes en el coche
Tres días a la semana —lunes, martes y viernes— entrena en Ourense. Su padre, Lito, la lleva recorriendo los más de 100 kilómetros que separan O Barco de la capital por una carretera nacional que supera la hora y media de trayecto. Los miércoles a Arzúa para entrenar con la selección.
«¿Qué me reporta como padre? Ver la cara de felicidad de mi hija», explica. «Queremos lo mejor para nuestros hijos, y verla luchar por su sueño compensa todo».
Porque Vera no solo destaca en la pista. También lo hace en el aula. «Esta se lleva los deberes y los exámenes en el coche y va estudiando», cuenta su padre entre la complicidad y el orgullo. «Es buena jugadora, pero también es muy buena estudiante. Eso te hace reforzar aún más el esfuerzo».
Ella lo resume con naturalidad: «Voy al instituto, vuelvo en bus, descanso o hago deberes y luego me voy a entrenar. Salgo a las ocho y media, vuelvo a casa, ceno y a dormir». Una rutina que muchos adultos no aguantarían.
«Es un orgullo, pero también una responsabilidad»
Formar parte de un equipo de Segunda Nacional y de la Selección Gallega no es solo un logro deportivo. Para Vera es también una responsabilidad.
«Estar ahí no es fácil. Poder jugar a esos niveles es algo muy guay», afirma. «Es una sensación muy buena cuando marcas un gol y todo el mundo viene a felicitarte. Compensa todo».
Desde pequeña tuvo claro que quería más. Tras casi diez años en el Tres Cuñados, dio el salto a la selección provincial, luego a la gallega y finalmente a Ourense, donde su crecimiento deportivo se disparó.
Ahora su meta está clara: «Seguir entrenando y darlo todo hasta poder llegar, por ejemplo, a la selección española».
Referente sin buscarlo, ni darse cuenta
En la entrevista reconoce que alguna compañera más pequeña ya la ve como ejemplo. «Siempre que me ve un poco baja, me anima diciendo que para ella soy un referente». Y quizá ahí está lo más importante. Porque Vera no solo marca goles. Está marcando camino.
En una comarca donde el talento a veces tiene que recorrer cientos de kilómetros para encontrar oportunidades, su historia pone en valor el esfuerzo silencioso de muchas familias, la apuesta por el deporte femenino y la capacidad de soñar en grande desde un rincón pequeño del mapa.
Con tres años empezó a dar patadas a un balón. Con catorce ya compite entre las mejores de España. Y lo mejor, probablemente, aún está por llegar.
Historias como la suya recuerdan que el deporte femenino no es una promesa de futuro, sino una realidad que avanza gracias al trabajo diario de jóvenes que, como Vera, convierten el sacrificio en oportunidad y los kilómetros en impulso.


