Aldeas que se niegan a desaparecer en Valdeorras
De Casaio a Porto, ejemplos reales donde vecinos, emprendedores y concellos mantienen vivo el rural
En Valdeorras hay aldeas que no aparecen en los grandes mapas, pero que siguen vivas. No lo hacen por casualidad. Detrás hay vecinos que resisten, emprendedores que apuestan y administraciones que intentan, poco a poco, dar herramientas para que estos lugares no se apaguen.
Uno de los ejemplos más claros está en Casaio. Esta aldea de montaña se ha convertido en un referente del nuevo rural gracias a iniciativas como el turismo vinculado a la memoria histórica y la naturaleza. Proyectos como las rutas por la “Cidade da Selva” o el entorno del Teixadal han conseguido atraer visitantes y generar actividad económica en un lugar que hace años parecía condenado al abandono.
En el mismo municipio, pequeñas actuaciones impulsadas por el concello también buscan mejorar la vida diaria y la imagen del entorno. En Carballeda de Valdeorras, por ejemplo, se han destinado ayudas a embellecer espacios públicos, ocultar contenedores o incorporar paneles con fotografías antiguas para reforzar la identidad local.
Cernego, Porto y las aldeas que resisten
Otro caso es Cernego, una aldea que conserva su estructura tradicional y que, aunque con pocos habitantes, sigue siendo un símbolo de la arquitectura y la vida rural de la comarca.
En Porto, la resistencia adopta otra forma. Con apenas unas decenas de vecinos durante el invierno, el pueblo mantiene servicios básicos, cuenta con una casa de turismo rural y pequeñas iniciativas como la producción de miel, que ayudan a sostener la actividad económica local. Son ejemplos distintos, pero con un mismo fondo: la aldea no desaparece si hay actividad, aunque sea mínima.
De este modo, el turismo se ha convertido en una de las principales herramientas para mantener vivas estas zonas. Iniciativas como las ecoexperiencias del geodestino Trevinca-Valdeorras o el programa “Rutas que regeneran” están diseñadas precisamente para atraer visitantes a municipios como Petín, A Rúa o O Bolo.
Estas rutas no solo muestran el paisaje. También cuentan historias, recuperan tradiciones y generan pequeños ingresos en bares, alojamientos o comercios locales.
A esto se suman las ecoexperiencias impulsadas por el geodestino, que combinan naturaleza, gastronomía y cultura para ofrecer un turismo más sostenible y ligado al territorio.
El papel de los concellos
Más allá de las iniciativas privadas, los concellos están jugando un papel clave. En Valdeorras, muchos municipios pequeños han accedido a ayudas públicas para mejorar senderos y accesos, rehabilitar patrimonio; señalizar recursos turísticos y recuperar elementos etnográficos.
Estas subvenciones forman parte de programas autonómicos que buscan precisamente eso: convertir el patrimonio rural en una oportunidad económica.
También hay medidas más estructurales. La Diputación de Ourense ha puesto en marcha planes de vivienda para facilitar el alquiler en el rural, con ayudas para rehabilitar casas y destinarlas a nuevos residentes. Municipios como A Veiga o Larouco se benefician de estas iniciativas, que buscan fijar población.
Además, proyectos como Ourense Rural es Vida trabajan con decenas de concellos para fomentar el emprendimiento, la innovación y nuevas formas de vida en el rural.
Volver, quedarse o empezar de nuevo
A todo esto se suman historias individuales. Personas que regresan a la casa familiar en Rubiá, que rehabilitan viviendas en A Veiga o que abren pequeños negocios ligados al turismo o al producto local. No son fenómenos masivos, pero sí constantes. Y, en muchos casos, marcan la diferencia entre una aldea cerrada y una aldea viva.