Desde As Pedreiras hasta Montefurado: paisaje, historia y Camiño de Inverno siguiendo el Sil a vista de pájaro
Un recorrido entre miradores, arte rural y huellas romanas, desde el límite de Valdeorras hasta el inicio de la Ribeira Sacra
El tramo del Camiño de Inverno que discurre desde el cruce de Roblido hasta el túnel de Montefurado es una invitación a caminar despacio y a leer el territorio con calma. No es solo un itinerario jacobeo, sino una sucesión de paisajes, historias y pequeñas acciones humanas que dialogan entre sí.
A lo largo de este recorrido, el viajero descubre miradores naturales, intervenciones artísticas inesperadas, pueblos cuidados con mimo y uno de los mayores hitos de la ingeniería romana en Galicia.
La ruta comienza en el lugar conocido como As Pedreiras, siguiendo la carretera OU-933. Nada más abandonar el punto de partida, llaman la atención unas piedras pintadas de colores vivos colocadas junto a una gran roca en la que puede leerse la inscripción “O Faro de Trives”.
Este enclave funciona como un auténtico balcón natural sobre Valdeorras. Desde aquí se obtiene una panorámica abierta hacia la comarca de A Pobra de Trives, lo que explica el sentido de la inscripción: históricamente, estos puntos elevados servían como referencias visuales y geográficas para orientarse en el territorio. Desde ese punto también se observa el Castro Cabanelas en Seadur (Larouco).
A medida que se avanza por el camino, el paisaje se ve acompañado de una intervención artística tan sencilla como llamativa. En los árboles que flanquean la carretera aparecen figuras de madera pintadas con colores intensos: pájaros, gatos y otros animales que parecen observar el paso de peregrinos y senderistas.
Estas piezas son obra de un vecino de Alvaredos, en el municipio de Quiroga, que de manera totalmente altruista decidió utilizar su habilidad para la carpintería y la pintura como una forma de embellecer el entorno y combatir visualmente el abandono rural.
Realizadas con madera reciclada, las figuras funcionan como una bienvenida anticipada al pueblo y han convertido este tramo del camino en una especie de galería al aire libre.
La intervención no se limita a los márgenes de la carretera. Al llegar al núcleo de Alvaredos, el visitante se encuentra con figuras humanas, animales y objetos tradicionales colocados en puertas y ventanas de casas deshabitadas.
El objetivo es claro, devolver vida, color y presencia a edificios que, de otro modo, transmitirían únicamente ruina y olvido. Lo que comenzó como una iniciativa personal se ha transformado en un pequeño atractivo turístico que sorprende a quienes recorren el Camiño de Inverno y a los conductores que atraviesan la zona.
Alvaredos es, además, un pueblo especialmente cuidado y privilegiado por su ubicación. Desde uno de sus bancos-mirador se disfruta de una vista aérea espectacular sobre la presa de San Martiño, con el río Sil encajado entre laderas abruptas.
Este enclave es también sede de la Bodega Alvaredos-Hobbs, un proyecto vitivinícola singular fruto de la colaboración entre el reconocido enólogo internacional Paul Hobbs y el viticultor gallego Antonio López Fernández. La bodega se sitúa en lo que puede considerarse el primer pueblo de la Ribeira Sacra en este itinerario del Camiño de Inverno.
Alvaredos-Hobbs trabaja principalmente con variedades autóctonas como la Godello y la Mencía, cultivadas en empinadas laderas y terrazas de origen romano sobre el Sil. Más allá de la producción de vino, uno de los objetivos del proyecto es contribuir a la revitalización del pueblo, restaurando casas históricas y atrayendo visitantes.
En coherencia con el espíritu del camino, la bodega ha habilitado un “Rincón del Peregrino”, un espacio de descanso donde se ofrece café, fruta y un lugar tranquilo para recuperar fuerzas antes de continuar la ruta.
Tras dejar atrás Alvaredos, el camino continúa hacia Montefurado, ya en el municipio lucense de Quiroga. Este pequeño núcleo es uno de los enclaves más singulares de la Ribeira Sacra, donde la huella romana, la arquitectura barroca y la memoria minera se entrelazan de forma inseparable. El nombre del pueblo procede directamente de su mayor tesoro histórico: el túnel romano excavado en la roca para desviar el curso del río Sil.
En el siglo II d.C., en plena explotación aurífera de la antigua Gallaecia, los ingenieros romanos acometieron una obra de enorme complejidad técnica. Excavaron un túnel de más de un centenar de metros para forzar al Sil a abandonar un gran meandro alrededor de la Pena do Corvo. Al hacerlo, dejaban al descubierto los sedimentos del antiguo cauce, ricos en oro, que podían ser extraídos con mayor facilidad. Esta intervención permitió controlar el río a voluntad, canalizando el agua según las necesidades de la explotación minera y renovando los depósitos auríferos de forma periódica.
El túnel de Montefurado es mucho más que una singularidad del paisaje. Se trata de una de las obras de ingeniería más impresionantes heredadas de la presencia romana en Galicia, fruto de una decisión estratégica tomada hace casi dos mil años para explotar las riquezas auríferas del río Sil. En este punto del curso medio del río, en pleno corazón de la actual Ribeira Sacra, Roma alteró de forma deliberada el territorio para poner la naturaleza al servicio de la minería.
El túnel, que superaba el centenar de metros de longitud, no era una simple galería minera, sino una compleja infraestructura hidráulica diseñada para modificar el paisaje de forma permanente. El propio topónimo Montefurado, “monte horadado”, es testimonio directo de aquella intervención.
A diferencia de otros yacimientos donde se empleó el sistema de ruina montium, en Montefurado además de este sistema los romanos optaron por gobernar el río, regulando su caudal según las necesidades de la explotación. Esta capacidad de control permitió renovar los sedimentos auríferos y maximizar el rendimiento del yacimiento durante generaciones.
Siglos después del abandono de las minas, el túnel sigue marcando el territorio. El contraste entre el meandro antiguo y el paso rectilíneo excavado en la roca recuerda que este paisaje es también una creación humana.
Hoy, Montefurado continúa asombrando como símbolo del poder técnico de Roma y como uno de los grandes hitos históricos del valle del Sil, visible para quienes llegan siguiendo el río… o el Camiño de Inverno.
Montefurado conserva también otros testimonios de este pasado. Muchas de las antiguas galerías mineras fueron reutilizadas durante siglos como bodegas naturales, aprovechando su temperatura constante para la conservación del vino. Hoy, algunas permanecen en pie, mientras otras se han visto afectadas por el abandono y la despoblación, un fenómeno que marca profundamente el paisaje humano de la Ribeira Sacra.
El patrimonio arquitectónico del pueblo se completa con la iglesia de San Miguel, un imponente templo barroco construido en el siglo XVIII, y con varias casas que conservan esgrafiados tradicionales, una técnica decorativa de gran valor artístico y antropológico recientemente reconocida como Patrimonio Cultural de Galicia.
Para comprender la magnitud del enclave, resulta imprescindible acercarse al mirador de Anguieiros, desde donde se obtiene una vista privilegiada del meandro del Sil y del túnel excavado por los romanos. Desde este punto, el visitante puede despedirse del recorrido entendiendo cómo paisaje, historia y camino se funden en un mismo relato.
Así, el tramo del Camiño de Inverno entre As Pedreiras y Montefurado no es solo una vía de paso hacia Santiago, sino una experiencia completa que conecta pasado y presente, naturaleza y cultura, y que revela el enorme potencial del interior gallego como territorio vivo, creativo y lleno de memoria.