Elisa Alonso: «Alas para volar, raices para volver»
En Valdeorreses por el mundo viajamos lejos y a muchos lugares, pero sin irnos del todo. Porque hay personas a las que la vida empuja a vivir en otros países, a hablar otras lenguas, a rehacer su rutina una y otra vez… y aun así no rompen nunca el hilo invisible que las amarra a su origen. Elisa Alonso es una de esas personas.
Inquieta, creativa, soñadora. De las que convierten en oportunidad lo que a otros les da vértigo. Con 16 (o 17) años, cuando la mayoría todavía está intentando entenderse a sí misma, Elisa se fue a Estados Unidos en un intercambio escolar. Aquello no fue «solo aprender inglés»: fue la primera vez que comprobó que, cuando te dan alas de verdad, te enseñan también a regresar.
Su historia es la de una mujer que ha hecho del mundo su casa —Estados Unidos, Francia, Hong Kong, Malasia, Grecia, Australia, Nueva Zelanda— y que aun así, cuando pronuncia una palabra, se le ilumina la voz: home. No «casa» como edificio, sino hogar. Hogar como tierra, como gente, como la sensación de ser tú al cien por cien.
La primera partida: Estados Unidos, el salto que lo cambia todo
Elisa recuerda aquella primera vez con una intensidad que parece presente. «La primera vez», lo dice como quien abre una puerta que aún no se ha cerrado. Se fue joven, valiente, con esa mezcla de ingenuidad y determinación que solo existe a esa edad.
Y ahí nace una metáfora que lo atraviesa todo: alas y raíces.
Su madre le dio las alas. Pero el descubrimiento llegó al volver, a tierra seguía ahí, intacta, esperando. No como lugar estático, sino como refugio. Desde entonces, Elisa puede vivir donde sea… pero vuelve aquí para «recargarse, para curarse, para respirar».
Francia: no perder idiomas, no perder tiempo
Dos años después se fue a Francia de au pair. No quería perder ni el francés ni el inglés, pero sobre todo no quería perder el tiempo. Hay gente que se mueve por ambición; Elisa se mueve por una especie de hambre limpia, hambre de mundo.
Y luego llega la vida adulta, el matrimonio y, con el trabajo de su marido, el mapa se abre como un abanico: Asia, Europa, Oceanía… La familia también viaja. Y ahí aparece otra verdad, «viajar con familia es otra cosa». Ya no eres solo tú. Ya hay hijos. Ya dependes de otros. Ya el miedo tiene nombre.
Vivir fuera: el anonimato, la identidad y la libertad
En su conversación hay una idea que golpea: «fuera somos más anónimos. A nadie le importa quién es tu padre, de dónde vienes, qué etiqueta te puso el pueblo. Importa la persona». Eso puede ser liberador… o puede doler.
Porque Elisa ama la libertad de sentirse «pasado» en ciertos lugares, pero también echa de menos lo contrario, la complicidad del «conocerse». En A Rúa y en Petín la paran, la saludan, conversan sin prisa. Esas charlas que «no te llevan a ningún lado… y precisamente por eso lo son todo». Las expresiones nuestras. El «ya veremos». El «¿y por qué no?». Esa manera de vivir con lo pequeño.
Y entonces lo dice con una risa que es casi confesión: cuando viene aquí no duerme. No le alcanzan las horas. Vive la mañana, vive la tarde, vive la partida, vive lo que haya. Aquí el tiempo no la lleva. Aquí lo empuja ella.
Australia: escribir para sostener a los de aquí
Y entonces llega el capítulo que le cambia el pulso a la historia: la pandemia.
Mientras aquí la gente estaba encerrada, pasándolo mal, Elisa estaba en Australia —en Sydney— y empezó a mandar cada día una reflexión, una historia, algo que distrajera. No quería hacer psicología ni moralina. Quería acompañar. Que la gente amaneciera y dijera: “A ver qué escribe hoy Eli”.
Fueron 50 días. Cincuenta relatos. Un esfuerzo mental agotador, de esos que te dejan vacío. Hubo días que no pudo. Y cuando dijo “hoy no puedo más”, le llegaron mensajes privados como un abrazo colectivo: “Eli, ¿cómo que no escribes hoy?”. Ahí entendió algo precioso: ella ayudaba a los demás, sí, pero los demás también la ayudaban a ella.
De aquella experiencia nace un libro: Diario de una cuarentena sensible. Un gesto de gratitud convertido en páginas.
Y en medio de todo, un detalle pequeño que lo dice todo: hizo un directo enseñando la Universidad de Sydney. “Os enseño mundo” les decía, porque ellos no podían salir de casa. Esa frase tiene una ternura tremenda: cuando tu gente está atrapada, tú intentas abrir ventanas.
Nueva Zelanda: la odisea de la cuarentena y la belleza en lo triste
Su último destino fue Nueva Zelanda. Auckland. Cinco años viviendo en la antípoda emocional de Valdeorras.
Y lo cuenta como una escena de película: en plena pandemia, vuelo de tres horas prácticamente vacío, ella sola con sus dos hijos. Aeropuerto desierto. Ejército recibiéndolos. Los niños apartados con cuidado mientras ella firma papeles. Luego, quince días en cuarentena en un hotel adaptado como si fuera una guerra: sala de reuniones convertida en enfermería, cocina reconvertida en comedor, pasillos que no eran libertad sino espera.
Salía el 31 de diciembre. Su marido estaba fuera, al otro lado de unas vallas. Ella dentro, con dos niños. “Si lo piensas te dan ganas de llorar”, dice. Y ahí aparece su don: hacer algo bonito de lo traumático.
Una amiga de su hija les preparó un regalo para cada día, como un calendario de adviento. Cada mañana la niña abría uno, y Elisa escribía una historia inspirada en ese objeto: la amistad, la ilusión, la adolescencia. Un día unos pintalabios y ella escribe sobre los besos: besos de amor, de tristeza, de despedida. Egoístamente, dice, le inspiraba el regalo. Pero no era egoísmo, «era supervivencia luminosa».
Intentó publicar ese segundo diario en editoriales de allí, pero le contestaron que la gente no quería oír hablar del COVID. Para ella, sin embargo, no era “una historia del COVID”: era una historia de Navidad. Una historia de resistir.
Hong Kong, Asia y el miedo real: aterrizaje de emergencia
Entre tantos países también hay sustos. Uno de los más duros: volando desde París hacia Hong Kong, sola con los niños. Cinco horas de vuelo, luces de emergencia, anuncio del piloto: aterrizaje de emergencia. Un lugar remoto de China. Urumqi, cree recordar.
Y ahí el miedo se vuelve concreto: «No le puedo hacer esto a mi madre. No me puedo morir ahora«. Esa frase no se olvida.
Despertó a los niños, los calzó —no sabe por qué, pero lo hizo—, y aguantó sin dejarse llevar por el pánico. Aterrizaron, esperaron horas, localizó al marido. Luego todo siguió. Porque cuando eres así, cuando has vivido tanto, también aprendes a suavizar el recuerdo para poder continuar. No por negar lo malo. Sino por elegir qué te alimenta.
La antípoda de A Rúa: el mundo redondo y el hilo hacia casa
Hay un momento precioso de la entrevista cuando explica cómo ubica su tierra en el mapa a un neozelandés. No lo hace con grandes ciudades. Lo hace con la Tierra redonda. Con la idea de las antípodas.
Si haces un agujero desde A Rúa, dice, vas a dar a Nueva Zelanda, a la Isla Sur; ella estaba en la Isla Norte, «cerquísima». Estar ahí le producía una sensación extraña: «Estoy literalmente… ahí abajo está mi tierra». Más lejos ya sería dar la vuelta.
Y esa imagen sirve para entenderlo todo: Elisa puede estar en las antípodas, pero su casa emocional sigue debajo de sus pies.
Lo que aquí no valoramos: seguridad, calidad de vida y la vida sencilla
Desde la distancia, Elisa ve con claridad cosas que aquí se nos escapan. La seguridad real de caminar sola de noche sin miedo. La calidad de vida: poder pagar una vivienda más digna que en muchas ciudades del mundo. La ausencia de tantas distracciones consumistas: aquí, con poco, se disfruta mucho. Y algo que es oro la gente, el reconocimiento, la conversación.
En el pueblo no eres un número. A veces eso etiqueta, sí. Pero también sostiene. Y ella lo sabe.
«No vengáis a Galicia, es feo»: el humor como protección
Elisa fue gran promotora de la comarca. Decía que sus amigas de medio mundo quizá no sepan dónde está Ourense o Ponferrada, pero sí saben dónde está A Rúa y Petín, porque ella los llevaba como etiqueta.
Últimamente bromea con lo contrario: «No vengáis a Galicia, es feo». Lo dice con picardía, como quien protege un tesoro. No es rechazo; es amor posesivo del bueno: el de querer que lo tuyo siga siendo tuyo, sin ruido, sin masificación, con ese «turismo poco, pero muy bueno».
La memoria oral: sentarse con los mayores y escuchar
Hay otra Elisa que aparece ahí y que es preciosa, la que ama escuchar historias, sobre todo a la gente mayor. La que odia juzgar. La que cree que cada persona trae sus circunstancias y que lo justo es escuchar. Esa tradición de sentarse y que alguien diga: «Yo soy hija de Pepita» y de repente se abra una puerta a todo un pasado.
Para ella, contar historias locales es una forma de proteger la identidad. Porque si no se cuentan, se pierden. Y si se pierden, perdemos algo que no se recupera con dinero ni con modernidad.
La cadena de favores: una ética para sobrevivir fuera
Y si hay un mensaje que Elisa quiere dejar, es este: «no tengáis miedo y practicad la cadena de favores. Ayudar cuando estás fuera es vital porque fuera no tienes familia. Te construyes una».
Ella acoge, sostiene, facilita. La hija de un amigo sin dónde quedarse, se queda. Alguien que necesita orientación, se la das. No porque esperes retorno, sino porque entiendes que el mundo se vuelve habitable así.
Ahora su hijo estudia en Londres. Ella ha vivido en Auckland. Su hija está terminando la escuela. Y cuenta la ansiedad de ver a cada uno en un país distinto. Esa angustia de madre que conoce las distancias de verdad. Pero la calma llega cuando decide creer que, si pasa algo, siempre habrá alguien que ayude, como la ayudaron a ella.
La imagen y la palabra
Si le pides una imagen, no duda: el puente de Petín y el embalse. Es la imagen grabada con 16 años, cuando se despidió de su tío Ruperto y quiso guardarse un paisaje para los días tristes. Vuelve a ese lugar una y otra vez. Es su cápsula de energía.
Si le pides una palabra, lo piensa… porque últimamente su vida está en inglés. Y al final lo dice con una ternura que atraviesa: home. Home no es una casa. Home es un hogar. Y para ella, home es aquí.
A Rúa como tránsito, Brasil como siguiente capítulo
Elisa está en A Rúa, en su home, como tránsito. Viene de Auckland, con media vida en la maleta, y ya mira hacia Brasil. Y sin embargo, no se va del todo. Porque aunque su idioma se le haya llenado de inglés, aunque su biografía parezca un mapa, ella siempre regresa al mismo sitio: a la tierra que la hizo.
Hay personas que viajan.Y hay personas que, además, viven el mundo, Elisa Alonso es de las segundas. Con alas, sí, pero con raíces hondas. Y con un puente —el de Petín— que no es solo piedra sobre agua, es el camino de vuelta.