Alan de Val: la bodega construida frente al valle y la cova que conserva la memoria del vino
El estor se levanta lentamente y, de pronto, Valdeorras aparece entera frente a los ojos. Las montañas, el embalse de San Martiño, las laderas cubiertas de viñedo y, al fondo, un horizonte que parece extenderse mucho más allá de la comarca. Incluso en un día gris, con las nubes bajas avanzando sobre el valle y las cicatrices de los incendios todavía visibles en parte de las montañas, el lugar conserva algo difícil de explicar. Una mezcla de amplitud, silencio y calma que obliga a detenerse.
Joaquín Sánchez, uno de los tres hermanos propietarios de la bodega, lo observa casi como quien vuelve a mirar algo que nunca termina de acostumbrarse a ver. Y, en realidad, fue precisamente este paisaje el que convirtió Alan de Val en lo que es hoy, un referente del enoturismo en Valdeorras.
Mucho antes de construir la actual bodega, los tres hermanos elaboraban vino en la antigua casa familiar, en unas instalaciones pequeñas, de apenas cincuenta metros cuadrados. Joaquín recuerda especialmente una visita que terminó marcando el futuro del proyecto. Unos compradores ingleses acudieron a conocer sus vinos y, después de enseñarles la bodega, sintió que todo había terminado demasiado rápido. «Pensé: “¿y ahora qué hago?”», recuerda sonriendo.
Entonces decidió llevarlos hasta las viñas. Cuando llegaron al punto donde hoy se encuentra la terraza de Alan de Val, los visitantes quedaron completamente impresionados por las vistas. Aquella reacción se quedó grabada. «Ahí fue cuando les dije a mis hermanos: “si algún día hacemos una bodega, tiene que ser aquí”».
Hoy, ese lugar se ha convertido en uno de los grandes reclamos de la experiencia enoturística de la bodega. Allí organizan visitas, celebraciones y catas en las que el paisaje deja de ser un simple fondo para convertirse en parte inseparable de la experiencia. Porque en Alan de Val el vino no se contempla únicamente desde la copa: también se mira a través del valle.
Y quizá por eso quienes llegan suelen quedarse unos minutos más de lo previsto, observando el horizonte en silencio.
Pero la historia de Alan de Val no se entiende solo con las impresionantes vistas desde la bodega. Empieza unos metros más abajo, en As Pinguelas, donde el paisaje cambia completamente.
El camino hacia la cova atraviesa una zona húmeda y sombría, cubierta de vegetación, donde el sonido del agua acompaña cada paso. El riachuelo discurre entre los árboles y el ambiente se vuelve fresco, silencioso y casi aislado del tiempo. Joaquín sonríe cuando comparamos el entorno con «la Amazonia», aunque basta permanecer allí unos segundos para entender por qué utiliza esa imagen.
En medio de esa vegetación y tras atravesar un camino de tierra aparece la cova familiar. Excavada en la roca y cargada de humedad, creen que pudo construirse en el siglo XVIII, aunque no conservan documentos que lo acrediten. Sí mantienen, en cambio, el contrato con el que su abuelo la compró en 1928 por mil pesetas, una cifra que hoy parece casi imposible asociar a un lugar así.
Dentro, la temperatura cambia inmediatamente. El silencio se vuelve más profundo y la piedra húmeda absorbe casi cualquier sonido. Joaquín va señalando los lugares donde antiguamente se colocaban las barricas, las marcas que el paso del tiempo dejó en las paredes y las distintas capas del terreno que todavía pueden distinguirse en la roca.
Entre todos los elementos de la cova, uno sigue despertando especial curiosidad: el respiradero vertical que asciende hasta el exterior y termina en un pequeño orificio apenas visible desde abajo. Ese agujero permitía regular la temperatura interior y mantener unas condiciones constantes durante todo el año, ideales para elaborar el vino.
En uno de los rincones descansan también algunas de las primeras botellas elaboradas por la bodega, pequeños fragmentos de memoria que refuerzan la sensación de estar entrando en un espacio detenido en otra época. Porque la cova de Alan de Val no transmite únicamente historia del vino. Transmite tiempo.
Y quizá ahí reside buena parte de su valor: en recordar que, mucho antes de que el enoturismo se convirtiera en experiencia, ya existían lugares donde el vino descansaba rodeado únicamente de piedra, humedad y silencio.
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