La ola de calor llega en un momento decisivo para las viñas de Valdeorras
Las uvas apenas alcanzan estos días el tamaño de un guisante, pero las temperaturas que está registrando Valdeorras podrían dejar ya su huella en la cosecha de este año. Mientras la comarca encadena jornadas con máximas cercanas a los 38 grados, las viñas atraviesan una de las fases más importantes de su ciclo vegetativo, aquella en la que el fruto crece y comienza a definir parte de sus características futuras.
«Yo la verdad es que no tengo recuerdo de tanto calor tan pronto», reconoce la enóloga Cecilia Fernández, que observa con preocupación cómo el viñedo afronta un episodio poco habitual para estas fechas. Aunque en los últimos años junio ha venido acompañado con frecuencia de tormentas e incluso de episodios de granizo, asegura que no recuerda una sucesión de jornadas tan cálidas a estas alturas del calendario.
La consecuencia más inmediata es el estrés hídrico. Igual que ocurre con las personas cuando las temperaturas se disparan, las plantas también reducen su capacidad de funcionamiento. Fernández explica que la actividad de la cepa se resiente especialmente durante las horas centrales del día, cuando el calor alcanza sus máximos y la fotosíntesis se ve perjudicada.
Ese esfuerzo extra puede terminar reflejándose tanto en las hojas como en los propios racimos. Las primeras pueden sufrir desecaciones provocadas por el exceso de temperatura, mientras que las uvas corren el riesgo de padecer quemaduras solares. En los casos más severos, estas lesiones generan cicatrices que frenan el crecimiento del fruto e incluso pueden favorecer su deshidratación.
Pero el impacto del calor no se limita a los daños visibles. La especialista señala que las cepas se encuentran precisamente en la etapa en la que la uva está aumentando de tamaño. Si la planta se ve obligada a destinar parte de su energía a defenderse del estrés térmico, ese crecimiento puede ralentizarse. El resultado sería una menor cantidad de uva al final de la campaña.
A ello se suma otro factor especialmente relevante para la elaboración del vino: la acidez. Durante estas semanas se desarrollan los ácidos orgánicos de la uva y las temperaturas elevadas pueden reducir su presencia. «Siempre es interesante tener buena acidez», recuerda Fernández, ya que resulta fundamental tanto para el equilibrio del vino como para su conservación posterior.
No todas las parcelas están expuestas de la misma manera. La altitud, la orientación y el tipo de suelo desempeñan un papel decisivo. Las viñas situadas en zonas más elevadas suelen registrar temperaturas más moderadas, mientras que los terrenos arcillosos conservan mejor la humedad acumulada durante los meses lluviosos. Por el contrario, los suelos más arenosos drenan con mayor rapidez y disponen de menos reservas de agua para afrontar episodios como el actual.
La situación llega además después de una primavera especialmente húmeda. Esa abundancia de agua ha favorecido un importante desarrollo vegetativo de las cepas, aunque también ha incrementado el riesgo de enfermedades en el viñedo y ha obligado a los viticultores a extremar los cuidados.
Por ahora, Cecilia Fernández considera que los daños por quemaduras solares no parecen excesivos, aunque insiste en que será necesario observar cómo evoluciona el verano. Lo que sí da por hecho es que el calor está acelerando el ciclo vegetativo. De hecho, calcula que las viñas acumulan ya entre diez y quince días de adelanto respecto a una campaña habitual.
Si las altas temperaturas continúan durante julio y agosto, ese adelanto podría hacerse todavía más evidente y volver a situar la vendimia antes de lo acostumbrado. Una posibilidad que, a finales de junio, ya empieza a asomarse entre las hileras de viñedos que dibujan el paisaje de Valdeorras.