Se cuenta que las vivencias de la infancia son las que inevitablemente adquieren la categoría de gratos recuerdos antes que otras. Y que, tan sólo basta con pasar un paño por el espejo retrovisor de nuestra existencia, para ver como esas sonrisas de unas décadas atrás se aproximan hacia nosotros, deteniéndose a unos dos pasos prudenciales de lo que viene a ser cualquier sombra, y nos propinan la patada invisible e indolora del recuerdo en la memoria.
Y destaco ese viaje al pasado, porque siempre que hablo de mi pueblo, me gusta aclarar que, si bien ahora –como tantos otros– se pueden contar los vecinos con los dedos de las manos… y los pies, de momento; hubo un tiempo, lejano, sí, pero que cada casa tenía vida en su interior.
Yo viví aquellos primeros ochenta siendo un niño de tantos, de aquellos a los que sus padres mandaban al pueblo, no un mes… sino dos.
Y era ahí, en el pueblo (Pena Folenche), donde se encontraba un establecimiento que ahora que todo es cool, fashion, vintage y tan naif … y tanta tontería junta, es de recibo homenajear, pues el tiempo les ha asignado la categoría de templos anónimos. Que no son otras que las cantinas, que también eran tienda.
En Pena Folenche hubo dos, nivel eh. Y ni que decir que, cuando llegaba A Santa Mariña por Julio, se contrataba a una reputada orquesta –de las mejores se comentaba–, con ríos de gente que asistía al pueblo a disfrutar de esas dos jornadas festivas, con sus correspondientes verbenas. Tengo el recuerdo de ver coches aparcados en las cunetas porque no cabían ya en ningún rincón de “La Peña”.
Bueno, pues tal y como iba contando, los entonces rapaces, nos juntábamos a pasar las horas entre las escaleras de la iglesia y la entrada de una de esas cantinas.
Y es que la cantina de “El Zorro” (Pasen y degusten nuestros licores) se definiría como única, pues su dueño: Álvaro, era un personaje muy peculiar.
Los que conocieron esa cantina seguro que darán fe de lo que estoy intentando plasmar. Para empezar, lo primero que te encontrabas en su entrada era un mini banco y de él nacía un zorro de madera, que no era más que una parte talada de algún árbol, al que Álvaro pintó de negro, verde y blanco –con sus correspondientes ojos también–, vamos, que ni Eduardo Chillida lo habría plasmado así. Eso se denomina arte y no algunas obras que se exponen en la feria de arte contemporáneo (ARCO).
Algo muy común, era entrar en la cantina a comprar chicles, pipas Facundo, chupa-chups, patatas, etc… y encontrar a su propietario con su inseparable sombrero de cowboy, luciendo bigote del lejano oeste, cual sheriff, entonando melodías que acompañaba con una guitarra en la que únicamente rasgaba la sexta cuerda al compás.
Esa instantánea nunca se me olvidará, porque era más digna de una cantina de Tijuana que de una del interior gallego. Así pasábamos las tardes, montados en el zorro de la entrada. A su vez, en el interior, algunos parroquianos se hidrataban con vino y aguardiente casero, mientras Álvaro les amenizaba con melodías deudoras de rancheras populares. Y entre trago y trago, se iba desgranando el repertorio.
La cantina, a mediados de los ochenta cerró por jubilación, pero aquel grupo de rapaces fue creciendo y haciendo de ese punto: el de la entrada de “El Zorro” su lugar de charlas, quedadas, y retornos, alguno que otro al estilo Walking Dead de los Pubs de A Pobra de Trives.
Allí, el viejo zorro de madera, seguía velando por nosotros. Y sentados en el mini banco, y en el suelo también –en el banco más de tres… complicado-, comentábamos las anécdotas que otra noche de fiesta nos había regalado, con las sonrisas alegres y despreocupadas que se descuelgan de la juventud.
Al otro día, volveríamos a quedar todos con una frase mil veces repetida, y no por ello desgastada: “A las diez… en El Zorro”.

