¿Quién no ha utilizado alguna vez Facebook, Instagram, YouTube, X o LinkedIn?

Hoy, 30 de junio precisamente, se celebra el Día Mundial de las Redes Sociales.

Las redes sociales forman parte de nuestra vida casi sin darnos cuenta. Nos informan, nos entretienen, nos permiten hablar con familiares que viven lejos, compartir fotografías, promocionar un negocio o seguir la actualidad al instante.

Una fecha que nació hace apenas unos años para reconocer el enorme cambio que estas plataformas han supuesto en la forma de comunicarnos.

Y sería injusto decir que todo es malo.Gracias a ellas conocemos noticias al instante, pequeños comercios encuentran nuevos clientes, asociaciones dan a conocer su trabajo, artistas muestran su talento y muchas personas mantienen el contacto con familiares que viven a miles de kilómetros.

Las redes han acercado el mundo, pero también han cambiado algunas de nuestras costumbres. Antes hacíamos una fotografía para guardarla en un álbum, hoy muchas veces la hacemos pensando en publicarla. Antes disfrutábamos de una comida, ahora, en ocasiones, la primera preocupación es sacar el móvil antes de probar el primer bocado. Antes contemplábamos una puesta de sol, hoy no es raro verla a través de la pantalla del teléfono.

Y, casi sin darnos cuenta, ha aparecido un nuevo hábito. Mirar cuántos "me gusta" tiene una publicación. Lo hacemos casi de manera automática. 

Subimos una fotografía, un vídeo, una noticia, una felicitación... Y, a los pocos minutos volvemos a mirar. ¿Quién le ha dado "me gusta"? ¿Cuántas personas la han visto? ¿Por qué esta publicación ha funcionado y la otra no?

Es curioso cómo un simple pulgar levantado o un corazón pueden llegar a condicionar nuestro estado de ánimo. Si una publicación tiene éxito, sentimos satisfacción. Si apenas recibe atención, parece que nos preguntamos si realmente interesaba. 

Y quizá ahí esté el mayor riesgo, confundir la popularidad con el valor de las cosas. Porque una fotografía puede tener miles de "likes" y no decir absolutamente nada.

Y, sin embargo, una conversación con un amigo, una comida en familia o una tarde paseando por nuestro pueblo probablemente no reciban ninguno... y serán recuerdos que conservaremos toda la vida.

Vivimos en una época en la que parece que todo necesita ser compartido, como si aquello que no aparece en una red social no hubiera sucedido. Y, sin embargo, las mejores cosas de la vida casi nunca caben en una pantalla: no caben los abrazos, ni una conversación mirando a los ojos, el olor de la tierra después de una tormenta. No cabe el silencio de una noche de verano en un pueblo, tampoco la emoción de reencontrarse con alguien a quien hace años que no ves. Eso no lo mide ningún algoritmo.

Las redes sociales son una herramienta extraordinaria. Y como todas las herramientas, todo depende del uso que hagamos de ellas. Pueden acercarnos... o aislarnos. Pueden informar... o desinformar. Pueden servir para construir... o para destruir.

Pueden ayudar a un pequeño negocio de nuestra comarca a darse a conocer o convertirse en un lugar donde los insultos y la falta de respeto parezcan normales.

La diferencia siempre la marcamos las personas. Quizá por eso hoy sea un buen día para preguntarnos algo muy sencillo. ¿Utilizamos nosotros las redes... o son ellas las que, a veces, terminan utilizándonos a nosotros?

Porque no deberíamos medir nuestra felicidad por el número de seguidores. Ni nuestra autoestima por la cantidad de corazones que aparecen bajo una fotografía.

Nuestro valor nunca dependerá de un algoritmo, dependerá de cómo tratamos a quienes tenemos cerca, de cómo escuchamos, de cómo ayudamos, de cómo compartimos nuestro tiempo con quienes realmente importan.

Las redes sociales seguirán evolucionando. Aparecerán nuevas plataformas y desaparecerán otras. Lo que no debería cambiar nunca es nuestra capacidad para mirarnos a los ojos, para conversar sin prisas y para disfrutar de un momento sin sentir la necesidad de fotografiarlo.

Porque hay recuerdos que merecen quedarse únicamente en la memoria. Y porque, al final, el mejor "me gusta" sigue siendo una sonrisa de verdad, un abrazo sincero o un "¿cómo estás?" dicho cara a cara.

Eso, afortunadamente, todavía no necesita cobertura, ni wifi, ni batería; solo necesita personas. Y de esas, por suerte, en nuestra comarca seguimos teniendo muchas.