De Italia a Vilariño de Conso para enseñar a otros cómo será la ganadería del futuro

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Antonio Tucci llegó sin tradición ganadera ni raíces gallegas a una pequeña aldea del oriente ourensano. Años después, la explotación que levantó junto a su pareja ha sido elegida por el Ministerio de Agricultura para formar a jóvenes de toda España en un modelo de ganadería regenerativa que también contribuye a cuidar el monte

Antonio Tucci no nació en una familia de ganaderos. Tampoco es gallego. Llegó a España desde Italia hace más de veinte años y, tras trabajar por cuenta ajena en distintas explotaciones, decidió perseguir un sueño que define como una auténtica vocación por el campo. Buscó durante años el lugar adecuado hasta encontrarlo en una pequeña aldea de Vilariño de Conso, donde, junto a su pareja, Paula Jarque –madrileña de nacimiento–, puso en marcha Val de Conso, una explotación caprina que hoy se ha convertido en un referente nacional.

El camino estuvo lejos de ser sencillo. «Seguimos en buena parte gracias a una cabezonería descomunal, pero también por el apoyo de unas pocas personas que apostaron por nosotros», reconoce. Porque, junto a quienes les tendieron la mano, también hubo vecinos que recibieron con recelo a aquella pareja llegada de fuera para emprender en un pueblo que llevaba años perdiendo población. Lejos de marcharse, decidieron echar raíces. Antonio aprendió gallego porque entiende que «si vives en un lugar, lo suyo es que te empapes y te encariñes con la cultura del lugar». 

Hoy, aquella explotación que muchos contemplaron con escepticismo recibe a jóvenes de distintos puntos de España para enseñarles cómo será la ganadería del futuro. El Ministerio de Agricultura la ha seleccionado para participar en el programa Cultiva, una iniciativa que permite a agricultores y ganaderos realizar estancias formativas en explotaciones consideradas de referencia. 

Estos días, además de la visita del subdelegado del Gobierno, Eladio Santos. acoge a un agricultor procedente de Granada que aprende en Val de Conso cómo integrar el ganado en una explotación de olivar y almendro para avanzar hacia un modelo de agricultura regenerativa. «No hay nada mejor que venir a verlo en lugar de leerlo», resume Tucci. Pero el aprendizaje es mutuo.

Mientras su visitante descubre nuevas formas de aprovechar el pastoreo para mantener limpios sus cultuvos, él reconoce haber encontrado ideas para mejorar su propio proyecto, especialmente en la forma en que las cooperativas andaluzas organizan la comercialización y los servicios compartidos. «Aquí muchas veces cada productor rema por su cuenta», lamenta. 

La clave de Val de Conso está en una forma distinta de entender la ganadería. La explotación cuenta con unas 200 cabras que pastan mediante un sistema de rotación en una finca de 22 hectáreas. Los animales cambian periódicamente de parcela para permitir que el suelo descanse, recupere fertilidad y evitar el sobrepastoreo. «Ahora todo parece regenerativo, como antes todo era sostenible, pero la clave está en cuidar el suelo», explica.

Mantener ese sistema exige disponer de una importante superficie de terreno. Sin embargo, Tucci sostiene que ese no es el principal problema. «Por desgracia, el terreno sobra», afirma. Recuerda que solo en su aldea llegaron a pastar unas 800 ovejas y cabras, mientras que hoy prácticamente solo permanecen las 200 de su explotación y unas pocas ovejas más. Una imagen que, a su juicio, refleja mejor que cualquier estadística el abandono que ha sufrido buena parte del medio rural.  

Ese modelo de manejo también demostró su utilidad durante el gran incendio que el pasado verano afectó a la zona. Antonio Tucci recuerda aquella noche con absoluta claridad. El fuego descendía ladera abajo con una velocidad difícil de contener. «Recorrió casi un kilómetro en apenas veinte minutos», relata.

Su explotación está situada justo por encima de la aldea y, cuando las llamas alcanzaron el cierre donde pastaban habitualmente las cabras, vecinos y equipos de extinción permanecían pendientes por si el incendio lograba saltar hacia las viviendas. Sin embargo, ocurrió algo que llamó la atención de quienes luchaban contra el fuego. «Los agentes decían: “Es increíble cómo caen las pavesas dentro del cierre y no prenden. ¿Aquí qué hay?”. Y yo les respondía: “Aquí lo que están son mis cabras”».

Tucci insiste en que no fue el único factor que evitó una tragedia. Destaca el trabajo de los equipos de extinción y de los propios vecinos, pero está convencido de que el pastoreo también desempeñó un papel importante. La menor cantidad de vegetación acumulada en las parcelas donde se alimentaba el ganado redujo el combustible disponible e impidió que muchas de las pavesas prendieran al caer sobre el terreno.

«Se habla mucho de invertir en prevención, pero invertir en ganadería también es invertir en prevención», defiende, convencido de que apoyar explotaciones que mantienen limpio el monte es también una forma de proteger el territorio. 

A pesar del reconocimiento del Ministerio, Antonio Tucci no pierde de vista la realidad del sector. Frente a quienes creen que el problema del campo es la falta de relevo generacional, él lo tiene claro. «Puede haber cierta falta de vocación, pero sobre todo hay falta de oportunidad», asegura. En su opinión, empezar desde cero exige inversiones muy superiores a las de hace unas décadas y acceder a la tierra o poner en marcha una explotación viable sigue siendo el mayor obstáculo para quienes quieren emprender en el rural. 

Para explicarlo recurre a una comparación tan sencilla como contundente: «En la aldea donde estoy, una persona con 30 cabras y dos vacas criaba una familia de siete u ocho hijos. Yo ahora tengo 200 cabras, una sola hija, y me cuesta trabajo».

Quizá esa sea la mayor enseñanza que hoy transmite a los jóvenes que llegan hasta Vilariño de Conso para aprender de su experiencia. La ganadería regenerativa, el cuidado del suelo o la prevención de incendios forman parte del aprendizaje. Pero también la perseverancia de quien llegó desde otro país, encontró su sitio en una pequeña aldea gallega y convirtió una «cabezonería descomunal» en una explotación de referencia para toda España.

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