Rufino, el hombre que retrató la historia de Valdeorras
Documentó la vida social de toda una comarca, retrató generaciones enteras y hoy sigue presente en álbumes familiares de toda la comarca
Durante décadas, miles de familias de Valdeorras guardaron en sus casas fotografías con un mismo sello, Foto Rufino. Detrás de ese nombre estaba Rufino Rodríguez Llaú, un fotógrafo que, sin pretenderlo, terminó construyendo la historia visual de toda una comarca.
Su cámara no solo capturó bodas, comuniones o retratos familiares. También supo detener el tiempo en calles sin asfaltar, en plazas llenas durante las fiestas, en miradas espontáneas o en gestos cotidianos que hoy forman parte de la historia íntima de Valdeorras.
Pero más allá del fotógrafo, había una persona. Y para conocerla, basta con escuchar a quienes compartieron su vida: su mujer, Esperanza, y su hija Chiru.
«Era maravilloso», dice Esperanza sin dudar, al comienzo de la conversación. «Muy formal, muy atento y muy caritativo. Ayudaba a todo el mundo, igual a un pobre que a un rico». En sus palabras no hay matices, solo certeza. Rufino era, ante todo, una persona cercana, de las que dejan huella en lo cotidiano.
Su vida estaba inevitablemente unida a la cámara. «Siempre andaba con ella», recuerda. Tanto, que en ocasiones ella misma le pedía que la dejara en casa para poder compartir un paseo sin interrupciones. Y él lo hacía. Los jueves eran su día. Un día reservado para ellos, lejos de bodas, fiestas, encargos y, sin camara.
Porque si algo caracterizaba a Rufino era su manera de mirar a través del objetivo. No buscaba solo la pose perfecta. Prefería la verdad. «Él veía a la persona como era», explica Esperanza. Por eso muchas de sus imágenes más valiosas no son las más preparadas, sino aquellas que captan un instante inesperado.
Trae a su memoria los retratos que le hacía a sus hijas: comiendo un trozo de pan en la galería, otra jugando con una escoba, aunque a ella le hubiera gustado más que se las hubiese hecho con los preciosos trajes que ella misma les confeccionaba, o acarreando un saco de lana.
Una de esas fotografías, precisamente la de un hombre comiendo pulpo en un portal, acabaría recibiendo un reconocimiento. Pero más allá de premios, lo que define su trabajo es esa capacidad para encontrar belleza en lo cotidiano.
En casa, la fotografía también era trabajo compartido. «Revelábamos juntos», recuerda Esperanza. En el laboratorio, entre cubetas de revelador y fijador, construían cada imagen de forma artesanal, muy lejos de la inmediatez actual. «No es como ahora», insiste, recordando una forma de hacer en la que cada foto llevaba tiempo, paciencia y oficio.
Rufino recorrió pueblos y aldeas, cámara en mano, convirtiéndose en el fotógrafo de referencia desde El Puente de Domingo Flórez hasta A Rúa. «Todo el mundo lo conocía», cuenta Esperanza. Viajaba primero en tren, después en moto, siempre con la misma idea, retratar la vida.
Ese legado continuó en sus hijas. Chiru, la más pequeña, y Chelo crecieron entre fotografías, ayudando incluso a sellarlas con fecha. «Yo era la que ponía el tampón», recuerda. Un gesto sencillo que hoy forma parte de su propia memoria.
Con el tiempo, ellas tomaron el relevo en el estudio, adaptándose a una nueva época marcada por la tecnología y los cambios en la fotografía. «Era difícil», reconoce Chiru. «Pero seguimos su línea».
Para ella, ver hoy esas imágenes es algo especial. «Me encanta mirarlas», dice. Y lo hace con ojos de fotógrafa, fijándose en cada detalle, en cada esquina de la imagen. Porque en cada fotografía hay algo más que lo evidente, hay contexto, hay historia, hay vida.
Rufino no solo fue testigo de su tiempo, también fue pionero. Introdujo mejoras, buscó nuevas formas de trabajar y dejó incluso su propia firma en las imágenes, ideando un sistema para marcar cada fotografía con su sello.
Pero quizás lo más importante no fue su técnica, sino su manera de entender a las personas. No era ambicioso, no buscaba destacar, simplemente trabajaba. «Vivía y dejaba vivir», resume su hija.
Murió joven, a los 60 años, cuando empezaban a pensar en viajar, en disfrutar de otra manera. Pero dejó algo que el tiempo no ha borrado, miles de imágenes repartidas por casas, cajones y álbumes.
Durante décadas, miles de familias de la comarca guardaron en álbumes o enmarcadas en sus casas fotografías con un mismo sello: Foto Rufino. Detrás de esa firma estaba Rufino Rodríguez Llaú, el hombre que, con su cámara, dejó un retrato único de la vida cotidiana en O Barco de Valdeorras y en toda la comarca durante buena parte del siglo XX.
Su estudio fotográfico se convirtió en un punto de referencia para varias generaciones. Bodas, comuniones, retratos familiares o imágenes de fiestas populares pasaron por su objetivo, creando un archivo con el que se podría escribir la historia de valdeorras.
Tras la Guerra Civil, abrió su estudio en O Barco, en una época en la que hacerse una fotografía no era algo cotidiano, sino un acontecimiento reservado para momentos importantes. Desde allí salieron miles de retratos que hoy forman parte de la historia íntima de la comarca, presentes todavía en muchas casas de Vilamartín de Valdeorras, A Rúa, Petín o Carballeda.
Pero su trabajo no se limitó al estudio. Recorrió pueblos y aldeas convirtiéndose en un testigo privilegiado de la vida en el rural. Sus imágenes muestran cómo era Valdeorras hace más de medio siglo: calles sin asfaltar, plazas llenas, retratos solemnes o niños vestidos para su primera comunión.
También documentó la transformación de O Barco, desde una villa mucho más pequeña hasta el núcleo urbano que es hoy. Por eso, muchas de sus fotografías tienen un valor histórico incalculable, al reflejar costumbres, modas y paisajes que en muchos casos han desaparecido.
Rufino Rodríguez Llaú falleció el 11 de marzo de 1981, pero su legado continúa vivo en miles de hogares. Sus imágenes no solo capturaron rostros, sino momentos irrepetibles.
Y cada vez que alguien abre un álbum familiar y encuentra una fotografía con el sello de Foto Rufino, vuelve a aparecer una pequeña parte de la historia de Valdeorras: bodas de otra época, familias reunidas, fiestas populares o instantes que quedaron detenidos para siempre.
Porque, sin pretenderlo, aquel hombre que trabajaba tras el objetivo terminó convirtiéndose en uno de los grandes cronistas visuales de la comarca. Era el encargado de hacer las fotos a Elena Quiroga y a su familia en la Casa Grande de Viloira y hasta retrato la boda de Ruchel cuyas fotos se publicaron en la revist Semana, una de las más prestigiosas del momento.
Porque más allá de la técnica, del oficio o de los años, lo que Rufino dejó fue una forma de mirar: cercana, honesta y profundamente humana. Una mirada que hoy sigue viva en cada fotografía que descansa en un cajón, en una pared o en un álbum familiar. Y es que, mientras haya alguien que reconozca un rostro, una calle o un instante en una de sus imágenes, Rufino seguirá haciendo lo que mejor sabía, contar, sin palabras, la historia de todo un pueblo y de una gente.