El cartel del Botelo que no necesita firma
El cartel de la Festa do Botelo de este año (la XXIV edición) no necesita firma para delatar su autoría. Basta una mirada para reconocer el universo de Lola Doporto y entender que la imagen va más allá de una fiesta gastronómica: habla de casa, de manos expertas y de una tradición aprendida desde dentro, de esas que no se explican, se hacen.
Que una obra suya sea la imagen de la fiesta más emblemática de Valdeorras supone para la artista «un orgullo», pero también algo más profundo. El cartel nace como un homenaje a las mujeres que durante décadas se encargaron de una de las tareas más delicadas de la matanza: llenar el botelo a mano. «Yo veía a mi madre, a mis tías, a la abuela», explica.
No era un trabajo que pudiera hacer cualquiera. La complejidad del proceso exigía cuidado y experiencia. Si algo fallaba, si la tripa se rompía o se colocaba mal, el resultado no servía. De ahí el respeto. Y de ahí la imagen.
La idea de que Lola ilustrara el cartel surgió de forma natural. Le habían encargado un cuadro y, en ese proceso, surgió la propuesta de utilizarlo como imagen oficial de la fiesta. «Encantadísima», respondió. El resultado conecta directamente con esos días de matanza que en las casas eran ya una celebración en sí mismos y que tenían su continuación en la fiesta del botelo, cuando llegaba el momento de sentarse a la mesa y compartir ese manjar preparado con mimo.
Valdeorresa de pura cepa, criada en el pueblo y en sus tradiciones, Lola reconoce que muchas veces no es consciente de hasta qué punto todo lo que pinta está atravesado por esos recuerdos. «Yo siempre digo que soy del pueblo y es lo que viví desde niña», señala. Las escenas que aparecen en su obra remiten a un mundo reconocible: los gaiteiros, las pandereiteiras, la vida cotidiana que se queda grabada sin necesidad de explicaciones.
El cartel del Botelo llega, además, en un momento especialmente significativo de su trayectoria. El año anterior fue intenso y lleno de hitos. Desde trabajos vinculados al homenaje a las Letras Galegas hasta la exposición en Santiago, una muestra muy especial que cerraba un camino iniciado diez años atrás. «Era llegar al apóstol después de hacer ese apóstol tan peculiar», recuerda. Un proceso largo, construido paso a paso, que culminó en el lugar al que quería llegar.
Cuando echa la vista atrás, Lola habla con naturalidad del recorrido y de cómo la pintura fue apareciendo también en momentos difíciles. Reconoce que a raíz de ciertas situaciones personales empezó a pintar de una forma más constante. «Dicen que fue como una terapia», comenta. Ella no lo define así, pero sabe que sentarse a pintar le ayudó a sacar fuera muchas cosas. Simplemente se ponía delante del lienzo y trabajaba.
El 2026 arranca con el cartel del Botelo, una fiesta de interés gallego que cada año gana dimensión y proyección. La artista destaca el esfuerzo de quienes trabajan para que siga creciendo. «Cada año van alargando, van poniendo una cosita más», señala, convencida de que se trata de una celebración «impresionante».
Mientras su obra recorre Valdeorras y sale fuera de la comarca y del país, los proyectos se acumulan. Tiene previstas exposiciones en Ourense, Braga, Lisboa y posiblemente Sevilla. Para finales de año prepara una muestra de gran formato, casi retrospectiva, que reunirá obra nueva con piezas de etapas anteriores. Habrá cuadros del inicio, con peces y mar, marionetas, obras vinculadas al camino y una nueva colección en la que aparecerán chicas, caballos y pájaros. Las ideas, dice, ya están colocadas en la cabeza. Ahora toca sentarse y empezar.
Habla también de lo que supone desprenderse de sus cuadros. De la mezcla de pena y satisfacción cuando una obra encuentra otro hogar. Recuerda con especial emoción la exposición de Santiago, que se prolongó durante más de cuatro meses, y las conversaciones con personas que se detenían delante de sus cuadros para contarle lo que sentían.
Un hombre emocionado hasta las lágrimas ante un Botafumeiro. Una mujer que no podía dejar de mirar una de sus chicas que había colgado cerca del televisor y que le llenaba, decía, mucho más que la programación. O aquella visitante sueca que se reconoció en una imagen del Camino y quiso llevársela consigo.
«Ellos dicen que yo les doy muchas cosas, pero están equivocados», afirma. «Son ellos los que a mí me dan muchas cosas». Historias que confirman que el arte no se entiende, se siente. Que puede gustar o no, emocionar o pasar desapercibido, pero que cuando conecta, lo hace de una forma profunda.
La Festa do Botelo volverá a reunir este año a más de mil personas alrededor de la mesa. Lola la vivirá en casa, recibiendo gente y manteniendo la tradición. El cartel ya ha cumplido su función: recordar de dónde viene todo esto. Y, sobre todo, a quién se lo debemos.