Hay quien dice que para entender una comarca basta con recorrer sus calles. En Valdeorras ocurre justo lo contrario; para comprender por qué existe este valle, por qué aquí prosperó el vino, por qué los romanos buscaron oro, por qué se extrae pizarra o por qué el clima cambia tanto en apenas unos kilómetros, primero hay que levantar la vista, porque antes de que llegaran los hombres ya estaban allí las montañas.
Son ellas las que han protegido la comarca durante millones de años. Las que frenan los frentes atlánticos, las que almacenan nieve durante el invierno, las que alimentan los ríos Sil, Xares y Bibei y las que esconden en su interior algunos de los mayores tesoros geológicos de Galicia; son el origen de Valdeorras.
El techo de Galicia
Hablar de las montañas de Valdeorras es comenzar inevitablemente por Pena Trevinca, la cima más alta de Galicia, con 2.127 metros de altitud.
Hace entre dos millones y doce mil años, durante las glaciaciones del Cuaternario, enormes masas de hielo cubrieron estas montañas. Aquellos glaciares excavaron circos, modelaron profundos valles en forma de U y dejaron tras de sí un paisaje que hoy resulta excepcional dentro de Galicia.
Las lagunas de Ocelo y A Serpe, los canchales de granito o las turberas de alta montaña son la herencia visible de aquella época en la que el hielo dominaba el paisaje. Hoy el macizo constituye uno de los mejores ecosistemas subalpinos de la comunidad y forma parte de la Red Natura 2000 y de una Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA).
Sin embargo, Trevinca también guarda una historia humana. Durante siglos fue territorio de pastores trashumantes, refugio para la ganadería de altura y escenario de antiguos caminos que comunicaban Galicia con León. Más tarde llegaron el wolframio, la pizarra y la minería moderna, actividades que encontraron en estas montañas buena parte de su riqueza mineral.
Serra do Eixe, la gran muralla oriental
Si Trevinca es el símbolo, la Serra do Eixe constituye la auténtica columna vertebral del extremo oriental de Galicia. Esta alineación montañosa se prolonga durante decenas de kilómetros formando una frontera natural entre Galicia y León. Aquí el paisaje adquiere un aspecto muy distinto al del resto de la comunidad: extensas llanuras de altura, brezales, turberas, afloramientos graníticos y valles profundamente excavados por antiguos glaciares.
Es precisamente en esta sierra donde se concentran varias de las mayores altitudes gallegas, convirtiendo este rincón de Valdeorras en la única zona de Galicia con auténticos paisajes de alta montaña. Los geólogos consideran este macizo como uno de los mejores lugares para estudiar la evolución del relieve glaciar del noroeste peninsular.
Peña Negra, la gran desconocida
Cuando se habla de las montañas gallegas casi toda la atención recae sobre Trevinca. Sin embargo, muy cerca se levanta otra gigante casi olvidada como es Peña Negra, con 2.123 metros, es la segunda montaña más alta de Galicia.
Su perfil oscuro y su forma piramidal dominan el horizonte de A Veiga y Carballeda de Valdeorras. Los especialistas explican que esta característica silueta responde a la acción de los glaciares, que modelaron la roca durante miles de años dejando al descubierto una de las cumbres más espectaculares del noroeste.
Desde su cima es posible contemplar buena parte de Galicia, las montañas de Sanabria y, en días despejados, incluso algunos perfiles de la Cordillera Cantábrica.
Pero Peña Negra también representa otra realidad menos conocida: la dureza de la vida en la montaña. Hasta hace apenas unas décadas estas alturas eran recorridas por pastores, arrieros y vecinos de las aldeas próximas, que utilizaban los puertos para comunicar ambos lados de la sierra.
La Serra da Enciña da Lastra, un pedazo del Mediterráneo en Galicia
Mientras Trevinca recuerda a los Alpes, la Serra da Enciña da Lastra parece trasladar al visitante cientos de kilómetros hacia el sur. Situada en Rubiá, constituye probablemente el espacio natural más sorprendente de Valdeorras ya que en ella desaparecen las grandes masas de granito para dar paso a un paisaje dominado por la roca caliza, algo muy poco frecuente en Galicia. Esa singularidad geológica ha dado lugar a un relieve kárstico repleto de cuevas, simas, paredes verticales y dolinas que convierten este parque natural en un caso prácticamente único dentro de la comunidad.
Su clima también rompe con los tópicos. Gracias a la orientación del valle y a la influencia mediterránea prosperan especies prácticamente inexistentes en otras zonas gallegas: encinas, alcornoques, numerosas orquídeas silvestres y algunas de las colonias de murciélagos más importantes del noroeste peninsular. No es casualidad que fuera declarado Parque Natural en 2002.
Un tesoro escondido entre tejos centenarios
Muy cerca de estas cumbres aparece otro de los grandes secretos de Valdeorras. El Teixadal de Casaio, enclavado en el macizo de Trevinca, constituye uno de los bosques de tejos mejor conservados de Europa.
Algunos de sus ejemplares superan ampliamente varios siglos de vida y forman un ecosistema extraordinariamente raro en el continente. Durante mucho tiempo estos árboles estuvieron rodeados de leyendas y supersticiones, ya que el tejo era considerado un árbol sagrado por numerosos pueblos prerromanos del norte peninsular.
Las montañas que explican el vino
Puede parecer una contradicción, pero buena parte del éxito de los vinos de Valdeorras nace precisamente en estas montañas. Ellas frenan los vientos húmedos del Atlántico y generan un clima mucho más seco y continental que el del resto de Galicia. Las diferencias de temperatura entre el día y la noche favorecen la maduración de variedades como la godello o la mencía, mientras los ríos que nacen en estas sierras han ido depositando durante miles de años sedimentos que hoy forman algunos de los mejores suelos para el cultivo de la vid.
Mucho antes de la llegada de Roma, los antiguos pobladores levantaron castros en lugares elevados para controlar los valles y los pasos naturales. Después llegaron las legiones romanas atraídas por el oro, que perforaron montes como Montefurado y construyeron la Vía Nova, todavía visible en algunos tramos de la Serra da Enciña da Lastra.
Más tarde serían escenario del paso de comerciantes, arrieros, guerrilleros y emigrantes. Y, ya en el siglo XX, volverían a cobrar protagonismo gracias al wolframio y a la industria de la pizarra.
Quizá por eso, cuando el sol cae sobre el valle y las últimas luces iluminan Trevinca, Peña Negra o la Serra da Enciña da Lastra, uno tiene la sensación de que esas montañas no vigilan Valdeorras desde lo alto.
