Alfombras de Corpus: mucho fotografiar y poco colaborar
«¡Qué bonitas!». Clic. «¡Cuánto trabajo tienen!». Clic. «Mira qué maravilla». Clic.
Las alfombras de Corpus vuelven cada año a inundar las redes sociales, los teléfonos móviles y las conversaciones de vecinos y visitantes. Como debe ser. Porque son bonitas, porque son espectaculares y porque forman parte de esas tradiciones que convierten un día señalado en algo extraordinario.
Lo que no siempre se ve detrás de cada fotografía es el enorme esfuerzo que supone mantener viva esta costumbre.
En la parroquia de San Esteban de A Rúa el trabajo comienza mucho antes de que las calles aparezcan cubiertas de color. Durante semanas, un grupo de mujeres y hombres se reúne para picar minuciosamente la tuya, teñir kilos de sal, preparar plantillas y elaborar perfiles con habas, lentejas, garbanzos y otros materiales que acabarán dando forma a peces, racimos de uvas, mariposas o símbolos religiosos.
Fina dibuja los diseños. Después llega la paciencia. Las habas plateadas marcan los contornos de los peces, las lentejas perfilan las uvas y las alas de las mariposas se construyen una a una. Todo ello acompañado por sacos y sacos de sal teñida en diferentes colores y tonalidades.
Y después de un mes de trabajo silencioso llega la noche grande
La de agacharse y levantarse cientos de veces. La de colocar cada detalle en su sitio. La de vigilar que el viento no arruine horas de esfuerzo. La de mirar al cielo esperando que la lluvia no aparezca.
Este año, en A Rúa comenzaron alrededor de treinta personas. Al amanecer quedaban poco más de la mitad. Unos porque tenían que atender a sus familias, otros porque el cansancio pasa factura y muchos porque la edad ya no permite hacer lo que hacían hace veinte o treinta años.
Porque ese es el gran problema. Las personas que han mantenido viva esta tradición durante décadas se hacen mayores y el relevo generacional no acaba de llegar.
La consecuencia es evidente. Las alfombras siguen siendo hermosasquizá caza año más; pero también son cada vez más cortas. No porque falten ganas, sino porque faltan manos.
La situación no es exclusiva de A Rúa. En O Barco llevan años realizando llamamientos para conseguir voluntarios que ayuden a confeccionar las alfombras del casco viejo. Cada edición se convierte en una pequeña carrera contrarreloj para reunir suficientes personas que permitan mantener una tradición que forma parte de la identidad del municipio.
Y en Petín la realidad ha ido un paso más allá. Allí, donde durante años también se elaboraron alfombras de Corpus, este año únicamente se instaló un altar para el paso de la procesión. La falta de personas dispuestas a asumir el trabajo necesario ha acabado por hacer imposible mantener aquella costumbre.
Por eso, cuando hoy las calles de A Rúa y O Barco aparecieron cubiertas de color, muchos se detuvieron a fotografiarlas. Y está bien que así sea. Son una auténtica obra de arte efímera.
Pero quizá, pensando ya en el próximo Corpus, además de sacar una foto también convendría preguntarse qué pasará cuando quienes hoy rellenan, pican, tiñen, perfilan y colocan cada detalle no puedan seguir haciéndolo.
Porque las alfombras no nacen solas. Detrás de cada dibujo hay horas de trabajo, noches sin dormir, dolores de espalda, manos teñidas de colores y vecinos que regalan su tiempo para que los demás podamos disfrutar de algo único.
Así que sí, hagamos fotos. Muchas fotos. Pero quizá también sea el momento de empezar a arrimar el hombro.
Porque las tradiciones no se conservan admirándolas desde fuera. Se conservan participando. Y porque sería una pena que algún día solo nos quedaran las fotografías de unas alfombras que ya nadie quiso hacer.
Gracias a todas las personas que año tras año nos regalan estas maravillas en Corpus.