Nos adentramos en rincones que sólo sus moradores conocen, descubrimos la riqueza natural y artística, desvelamos secretos de una tierra y de sus gentes. Conocemos las aldeas de la comarca de la mano de sus vecinos, que compartirán su manera de vida, tradiciones e historia.
En «Valdeorras, Pueblo a Pueblo» hacemos parada en Robledo de Domiz, en el concello de Carballeda de Valdeorras.Un pueblo marcado por el agua, los castaños, los palomares… y los recuerdos de sus gentes.
Llegamos a Robledo de Domiz desde Sobradelo, tomando la carretera que conduce hacia Casaio. Tras cruzar el río Casoio y seguir su cauce montaña arriba, nos encontramos en el lugar de Cabanas con la que fue la primera cantera de la que se extrajo pizarra en Valdeorras.
Aparecen las primeras casas de este pueblo dividido en barrios: O Campo, O Perón, A Chaira, O Mato, Souto da Vila, O Sagrado, Cima de Vila u Os Novais.
Aquí el agua acompaña cada paso. Fuentes, pozas, pequeños lavaderos y regueros forman parte de la vida cotidiana de un pueblo que siempre convivió con ella.
El agua llega desde Currelos, en la parte alta del monte, donde antiguamente los vecinos iban a segar la hierba y cuidar los prados. Aún hoy la comunidad de montes sigue encargándose del mantenimiento de depósitos, conducciones y fuentes.
Y precisamente una de esas fuentes cuenta una historia especial. Ardió durante un incendio, pero un vecino, Felipe, decidió devolverle la vida. Él puso el trabajo; la comunidad de montes, los materiales; y otro vecino donó la pizarra necesaria para reconstruirla. Un ejemplo más de cómo aquí las cosas siguen haciéndose entre todos.
Robledo de Domiz fue también tierra de castaños. Sus vecinos recuerdan auténticos bosques centenarios que durante generaciones ayudaron a muchas familias a sobrevivir.
Porque antes de la pizarra, aquí se vivía de la agricultura, de las viñas, de los animales y de la tierra. Había vacas, cabras, rebaños y pan. Mucho pan. Las castañas alimentaban a las familias y también a los animales.
Después llegó la transformación por las canteras. Los hombres comenzaron a trabajar en la pizarra siendo casi niños. Algunos iban andando hasta las explotaciones o incluso marchaban a Castilla a segar.
Hoy los camiones atraviesan continuamente el pueblo, recordando cómo la pizarra cambió para siempre la vida de esta zona de Valdeorras.
Pero Robledo también conserva el recuerdo de otros tiempos: de cuando hubo ultramarinos, zapatero, costurera y hasta tres bares. El último en cerrar fue el de Cristiana. Hubo teleclub, campo de fútbol y dos escuelas llenas de niños.
Las fiestas siguen siendo uno de los grandes orgullos del pueblo. Se celebran As Candelas, el Sagrado Corazón y el Corpus, cuando incluso llegaron a realizar alfombras florales alrededor de la iglesia.
Aunque si hay una devoción especial es la de San Antonio Milagreiro, la única imagen que permanece de la antigua iglesia, con la caja de limosnas en madera con la talla del santo.
De la anterior iglesia, hoy sólo se conserva la fachada principal y las espadañas del campanario de aquel templo que los vecinos recuerdan como una auténtica joya. El interior desapareció con los años, pero el pueblo decidió recuperar el espacio con mimo y esfuerzo colectivo.
Felipe, conocido como “el artista del pueblo”, realizó tallas de madera y hasta una nueva pila bautismal para devolverle parte de su esencia.
Las fiestas antiguamente se celebraban en As Abelairas. Allí se reunían mozos y mozas, se bailaba y también se jugaba a los bolos, una tradición muy arraigada en Robledo.
Los vecinos recuerdan aquellas romerías caminando de pueblo en pueblo, las noches de verano, las matanzas, las siegas o las reuniones para cantar los Reyes.
Porque aquí, más que un pueblo, Robledo fue siempre una gran familia. Y, aunque muchas cosas hayan cambiado, todavía permanece esa forma de entender la vida donde compartir sigue siendo importante.
Es momento de despedirnos de Robledo de Domiz. Dejamos atrás sus fuentes, sus caminos y la memoria de un pueblo que continúa latiendo gracias a quienes lo habitan y lo recuerdan.
Nos llevamos las historias compartidas alrededor del agua, de los castaños, de las fiestas y de una vida construida entre vecinos.
Gracias a Paz, Ermitas, Pili, Celina, Felipe y Benigno por abrirnos las puertas de su pueblo y acompañarnos en este recorrido.
Nos vemos en la próxima parada de «Valdeorras, Pueblo a Pueblo».
