sábado. 14.02.2026

San Valentín: costumbre, miedo... o amor

somoscomarca_sanvalentin_obarco_cca_07_02_2022
San Valentín: costumbre, miedo... o amor

Cada 14 de febrero se repite el ritual. Ramos de flores, cenas en restaurantes caros o de moda, brindis con frases que suenan bien aunque no siempre se sientan o piensen demasiado. Pero... ¡Qué bonito queda en Instagram! Parece que con ese gesto nos decimos que todo está bien. Como si celebrar San Valentín fuera suficiente para demostrar —o demostrarnos— que hay amor.

Y, sin embargo, hay algo inquietante en esa escenografía perfecta. Mientras se intercambian regalos, muchas parejas ya no tienen demasiado que decirse. Se habla de rutinas, de trabajo, de asuntos prácticos... de lo de siempre. Conversaciones correctas, ordenadas, inofensivas. El día termina funcionando como una confirmación pública de que hay amor, aunque por dentro solo quede costumbre.

Pensar el amor desde ahí incomoda. Porque obliga a preguntarse cuánto hay de elección real y cuánto de inercia. Nos han enseñado que amar es quedarse. Que resistir es una prueba de profundidad. Que ceder es una forma de cuidar. Y casi sin darnos cuenta empezamos a entregar pequeñas partes de nosotros mismos.

Al principio son detalles. Un comentario que no se hace para evitar tensión. Una preferencia que se deja para otro momento. Una renuncia mínima que parece irrelevante. Se cede porque «no es importante». Porque mantener la paz pesa más. Porque el vínculo hay que construirlo y mantenerlo todos los días. Y muchas veces somos las mujeres quienes aprendimos antes esa lección: adaptarse, suavizar, no incomodar demasiado.

Lo complejo es que esa suma de concesiones no se vive como pérdida. Se disfraza de madurez, de generosidad, incluso de estabilidad. Hasta que un día uno se descubre ligeramente desplazado de sí mismo. No aparece como un drama visible. Solo es una sensación sorda de desajuste.

Porque no todo lo que mantiene una relación es amor. A veces es miedo. Miedo a empezar de nuevo. Miedo a no ser elegido. Miedo a no encajar en una narrativa que valida más la vida compartida que la vida consciente. Y otras veces es simple costumbre. La costumbre es cómoda. Y silenciosa.

Eso no significa que el amor no exista. Existen parejas que construyen algo distinto. Relaciones donde no hay una batalla velada por el poder, ni cálculo permanente de quién cede más. Donde cada uno puede crecer sin que el crecimiento del otro se viva como amenaza. Donde quedarse no es resignación, costumbre o interés, sino elección consciente y reafirmada cada día.

El amor, si merece ese nombre, debería ser un espacio donde no haga falta disminuirse para ser querido. Donde la paz no se compre al precio del silencio. Donde la estabilidad no sea parálisis ni cesión.

Quizá lo verdaderamente incómodo de San Valentín no sea celebrarlo, sino la pregunta que rara vez se formula: ¿me quedo porque elijo o porque temo perder lo que ya conozco?

A veces, cuando no se consigue una relación equilibrada y que realmente nutra, la decisión más honesta es estar sola. Aunque no se entienda. Aunque desde fuera parezca un fracaso o una excentricidad. No es desprecio al amor. Es coherencia.

Tal vez el amor no sea prometer eternidades ni escenificar afecto una vez al año. Tal vez sea algo más sobrio y más exigente: elegir sin miedo, permanecer sin imponerse ni anularse y saber marcharse cuando lo que hay ya no es amor, sino costumbre.
 

San Valentín: costumbre, miedo... o amor