Entre diablos y mascaritas: sí, quiero a «25 años de vida, dos hijos y una hipoteca» en Viana do Bolo

El compromiso se abre paso en la VIBOMask entre cencerros y rituales ancestrales del carnaval ibérico poniendole el anillo al amor

Hay momentos en los que la fiesta ancestral y la vida se cruzan de una forma inesperada. Y ayer, en la Praza Maior de Viana do Bolo, ocurrió uno de esos instantes que quedan para siempre.

El Festival Internacional Mascarada Ibérica ViBoMask llenó las calles de Viana de indumentaria, sonidos de una tradición heredada. Más de 40 grupos desfilaron desde O Toural hasta la Praza Maior mostrando las máscaras, rituales y tradiciones de sus pueblos. Un viaje por la identidad de la península que, entre personajes ancestrales, música y sentir, dejó también espacio para una historia muy especial.

Entre todos ellos destacaban los Diablos de Luzón, llegados desde Guadalajara. Imponentes, cubiertos de negro, con enormes cuernos sobre la cabeza y grandes cencerros atados a la cintura que no dejaban de sonar. Sus rostros, pintados con hollín —mezcla de aceite y ceniza—, y ese gesto inquietante acentuado por trozos de patata en la boca a modo de dientes, componían una de las estampas más impactantes del desfile.

A su alrededor, las Mascaritas, silenciosas, discretas, vestidas con indumentaria tradicional femenina y ocultando su rostro bajo un paño blanco, recorrían las calles sin revelar su identidad, como manda la tradición.

Nadie se acercaría fácilmente a un Diablo. O eso parecía. Porque en medio de ese escenario, entre cencerros y misterio, uno de ellos rompió el guion. Y lo hizo por amor.

En plena Praza Maior, ante vecinos, visitantes y participantes, se arrodilló y pidió la mano a la mujer, como ella mismo dijo, comparten «25 años de vida, dos hijos y una hipoteca».

Y allí, entre Diablos y Mascaritas, llegó el “sí, quiero”. Un gesto sencillo y enorme al mismo tiempo. Porque si algo une a esta pareja es precisamente el amor por las tradiciones, por esa cultura popular que ayer se convirtió en el escenario perfecto para dar un paso más en su historia.

Mientras tanto, las Mascaritas siguieron su camino, fieles a su papel, sin desvelar su rostro. Testigos silenciosos de un momento que escapó al ritual para convertirse en emoción.

Los Diablos de Luzón forman parte de una de las tradiciones más singulares del carnaval de la península. Un legado ancestral que, según recoge El Decano de Guadalajara, fue recuperado en 1990 tras años de desaparición debido a la emigración.

Cuenta la leyenda que, una vez al año, estos personajes emergen de la tierra entre el estruendo de los cencerros, como portadores de un misterio antiguo. Su origen podría remontarse a rituales prehistóricos vinculados a la fertilidad, al cambio de ciclo y a la conexión entre el ser humano y la naturaleza.

 

En ese contexto, los diablos no eran figuras de miedo, sino intermediarios, símbolos de renovación y vida. Y quizás por eso no resulta tan extraño que, en medio de ese universo simbólico, alguien decidiera sellar su propia historia. 

Porque al final, entre máscaras y ritos antiguos, también hay espacio para lo más humano. Para el amor.

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