Caminando por… San Miguel de Mones

Como cada domingo, dejo que sean mis pasos los que decidan el destino. No busco grandes gestas ni lugares remotos, me basta un camino, un silencio y algo que mirar despacio. Hoy el rumbo me lleva a San Miguel de Mones, una parroquia de Petín suspendida sobre el valle del Sil, desde donde el río se ensancha y se aquieta al abrazar el embalse de San Martiño.

La idea inicial era sencilla, ir a tocar la nieve caída el día anterior. La montaña, sin embargo, la guardaba más arriba, fuera de mi alcance. No la pisé, pero a cambio encontré algo mejor, caminos tranquilos, naturaleza en pausa, el canto persistente de los pájaros y el sonido sereno del agua deslizándose por alguna acequia o arroyo escondido. A veces, perder un objetivo es la mejor forma de encontrar un paisaje.

Dejo el coche a la entrada del pueblo, junto a la caseta de los cazadores, y pongo rumbo a Santoalla. No tardo en desviarme, un camino a la izquierda reclama mi atención. Me dejo llevar y descubro viñedos que hablan del pasado de Mones, tierra de vino cuando el valle aún se cultivaba palmo a palmo.

Hoy quedan pocas viñas, pero bastan para imaginar vendimias, bodegas llenas y conversaciones largas al caer la tarde. Más arriba, casi confirmando la intuición, aparecen las bodegas, como cicatrices de piedra incrustadas en la montaña.

También hay castaños, aunque muchos ya no están. El incendio de agosto arrasó gran parte de la vegetación y dejó el paisaje herido. Aun así, la vida resiste en los cauces de los arroyos, donde el verde se aferra al agua como a una promesa.

A cada paso, el camino se abre un poco más y la vista se vuelve más amplia, más luminosa. Me detengo a hacer fotos, pero enseguida comprendo que hay cosas que la cámara no termina de atrapar.

Al divisar las primeras casas del pueblo, decido alargar el paseo. Tomo otro camino que me conduce a viviendas abandonadas y bodegas situadas en lo alto.

Llego hasta el depósito de aguas y, desde allí, el monte se transforma en algo casi fantasmagórico, troncos negros, restos de árboles calcinados, el silencio áspero que deja el fuego. Ya casi arriba del todo, donde después supe que hubo un castro, la niebla empieza a bajar. Yo también desciendo con ella.

Al desandar el camino, el paisaje cambia. Lo que antes era panorámica ahora es profundidad; lo que subiendo imponía, bajando emociona. Entro en Mones por la parte alta y sigo el canal de agua que acompaña la calle principal desde la fuente y el lavadero hasta el fondo del pueblo.

Me desvío a menudo por pequeños callejones. Las casas —habitadas o abandonadas— parecen tener vida propia. Algunas, cerradas desde hace años, dan la sensación de querer contarme quién vivió allí, qué risas hubo, qué ausencias pesan.

En mitad del recorrido aparece la iglesia de San Miguel de Mones, uno de los edificios religiosos más significativos del municipio. De origen medieval y profundamente reformada en el siglo XVIII bajo la influencia del Santuario de As Ermitas, se alza con una sola nave y un campanario singular. Desde su entorno se domina el valle de norte a sur, como si la iglesia vigilara el paso del tiempo y del río.

Un poco más adelante, la antigua escuela, bien conservada. Allí dio clase mi madre hace más de setenta años. Me detengo. Los lugares, cuando guardan memoria personal, pesan distinto.

Sigo calle abajo hasta el fondo del pueblo. Me espera una casa que es un regalo para la vista, tonos ocres, las paredes estan decoradas con motivos realizados con pequeños trozos de pizarra, una parra con uvas, un ratón y un gato pintados, golondrinas, incluso el árbol de la vida.

Un poco más allá, a mis pies, aparece la iglesia de Santa María de Mones, asentada sobre un antiguo castro, reforzando la sensación de que aquí todo se construyó sobre capas de historia.

Continúo por un camino que rodea el pueblo por la parte de abajo, para regresar al coche. A la entrada, las casas y garajes devorados por el fuego duelen.

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Las vistas del embalse de San Martiño alivian un poco ese golpe, pero no lo borran. Antes de marcharme, subo a un pequeño montículo frente al aparcamiento. Desde allí, Mones se muestra entero, recogido, hermoso pese a todo.

Me voy por la carretera de Sampaio. Antes, una parada más, la antigua rectoral, que llama mi atención como un último susurro quedan las cicatrices de la opulencia de otros tiempos

Mones tiene más de 825 años de historia documentada. Fue saqueado en 1809 por las tropas napoleónicas y hoy, tras el incendio, vuelve a mostrar su capacidad de resistir.

A siete kilómetros de Petín, entre formas suaves y bosques que intentan renacer, me despido pensando ya en el próximo destino. No sé a dónde me llevarán mis pies el próximo domingo, pero sé que volverán a buscar lugares como este, donde caminar es también escuchar.