Valdeorras Pueblo a Pueblo - Outardepregos (O Bolo)

En Valdeorras, Pueblo a Pueblo, hacemos parada en Outardepregos, el pueblo de O Bolo que se alza en la ladera vigilado por su mítico Cabezo, un paraje de rocas legendarias, pozas misteriosas y caminos que guardan siglos de paso y de rezos.

Llegamos a Outardepregos por la OU-533. Desde A Rúa, en dirección a Viana, nos desviamos a la altura del cruce de Celavente. Allí nos espera Mercedes, quien será nuestra guía por el pueblo y por la memoria viva de sus calles.

Magníficas vistas de Larouco y Portomourisco al atardecer

Entramos por el barrio do Chairo, la antigua zona de reunión en los días de fiesta. Recorremos A Fonte, la calle de la Iglesia, hasta llegar al barrio da Cruz, donde los caminos se separan para llevarnos hacia O Val.

Mientras avanzamos, O Cabezo nos observa desde lo alto. Sus rocas —la Fraga do Burro, la Palangana dos Mouros— guardan historias sorprendentes: cuentan que en una de ellas se distingue aún una poza donde los antiguos mouros dejaron, según la leyenda, una jofaina, el jabón… y hasta un peine de piedra.

Ángel, Juan y Dolores casi suman 300 años

El nombre del pueblo procede de “otero” y “pregos” —pregar del gallego pedir, orar, rezar— los rezos que los peregrinos hacían al coronar la cima camino de As Ermidas. Durante siglos, Outardepregos fue un lugar de paso, una parada obligada donde el tránsito de caminantes daba vida y comercio.

Aquí hubo carnicería, estanco, zapatería y hasta varias cantinas. Hoy, de aquello queda el recuerdo… y sus gentes, muchas de ellas longevas. Más de seis vecinos superan los noventa años: Dolores, Ángel, Luis… Juntos, casi alcanzan los trescientos. Ellos son memoria viva de un tiempo en el que el pueblo rebosaba juventud y actividad.

Vivían de lo que la tierra ofrecía: vino, castañas, patatas, nueces, cerezas, aceite y aguardiente. Aún hoy, en algunas casas se sigue destilando el licor con el que las noches se iluminan en las queimadas para espantar meigas. En las laderas todavía crecen olivos que recuerdan una época de abundante producción de aceite.

Muchos vecinos emigraron en los años 60 y 70, la mayoría a Francia, buscando un futuro. Volvieron más tarde, levantaron sus casas y arraigaron de nuevo en el corazón del pueblo.

En sus voces descubrimos cómo se vivía: «Las reuniones para tocar la acordeón, los bailes con tocadiscos, los paseos de los mozos por la carretera porque “no cabía nadie”, las fiestas en las cortes, las matanzas compartidas, la siega, la malla… un pueblo unido donde todos ayudaban a todos».

En el fondo del barrio da Cruz encontramos la casa de Gerónima González, la cantareira ciega que recorrió España acompañada por otras cuatro mujeres. Ella tocaba el violín; ellas cantaban y la guiaban. Vendían coplas por las ferias, llevando el nombre del pueblo más allá de sus montes.

La casa de la cantareira

Outardepregos no tiene río, pero sí pozas y fuentes que daban vida: allí se lavaba, se regaba, se juntaban las mujeres para conversar.

La parroquia de San Salvador celebra su día el 6 de agosto; también honran a la Virgen del Carmen. Las fiestas reunían a familias enteras y a vecinos de aldeas cercanas, entre comidas especiales, música y baile.

Los vecinos son aficionados a conservar su historia, y muchos guardan verdaderos museos etnográficos en sus bodegas. El de Lelo es especialmente singular: un viaje íntimo al pasado a través de herramientas, objetos y recuerdos que narran una vida de trabajo y comunidad.

El paisaje sigue siendo generoso: viñedos donde antes también crecían olivares, montes desde los que se contempla A Portela, Larouco, Trives, Seadur, Roblido o incluso A Rúa, y un mirador natural desde el que se domina todo el valle.

Outardepregos sigue vivo, hoy es el pueblo del concello con más niños y, al mismo tiempo, uno de los que más mayores alberga. Un equilibrio hermoso entre memoria y futuro.

Es momento de despedirnos de Outar de Pregos. Dejamos atrás sus calles silenciosas y llenas de historia, sus montes protectores, sus vistas abiertas al valle, sus fuentes y sus bodegas-museo. Nos llevamos el recuerdo de su gente, su manera de contar la vida, su humor, su memoria compartida.

La memoria de un pueblo que sigue vivo en quienes lo habitan. Gracias a los vecinos por abrirnos sus puertas y su corazón:Isabel
Mercedes, Landino, Toña, Dolores, Ángel, Loli, Juan Manuel, José Luis y Hervigio.
No nos olvidamos de Elio un perro juguetón que nos acompañó durante el recorrido.

Isabel, Mercedes, Landino, Toña, Dolores, Ángel, Loli y Juan Manuel

Nos vemos en la próxima parada de Valdeorras, Pueblo a Pueblo.