Valborraz, entre la memoria y el vacío
Se ha hablado mucho de la mina de Valborraz. De su papel durante la Segunda Guerra Mundial, del wolframio, de los presos, del abandono. Pero hay una parte mucho menos conocida: cómo funcionaba realmente.
Dónde estaban los lavaderos. Cómo se organizaba la extracción. Qué cambió con el tiempo. Qué quedó sin aprovechar. Ahí es donde aparecen las dudas. Y ahí es donde la visita de Roberto Matías introduce algo distinto. Ingeniero de minas, con años de trabajo sobre el terreno y experiencia en explotaciones de wolframio en Galicia y León, no habla de la mina de Casaio para descubrir nada, sino para sitaurla, compararla, medirla: «Aquí tenemos una de las minas más importantes de wolframio del noreste de España», afirma.
Matías conoce el tipo de yacimiento del que habla. En los años noventa recorrió buena parte de las minas de wolframio del noroeste en busca de minerales como la volframita. Casaio, explica, ya era entonces un punto de referencia. Su lectura parte de ahí.
El yacimiento sigue presente. Filones amplios, galerías que permiten seguir el recorrido del mineral, una estructura que conserva la lógica de explotación. «Se puede arrancar mañana mismo», afirma. Desde el punto de vista técnico, no hay duda. El recurso existe.
La limitación está fuera. El wolframio nunca ha tenido un comportamiento estable. Su valor depende del contexto. Hubo momentos en los que se pagaba como un material estratégico —«en 1943 llegó a valer casi 300 pesetas el kilo»— y otros en los que dejó de ser prioritario. Esa oscilación explica por qué la actividad se detuvo.
Pero lo que plantea Matías va en otra dirección: «Nos falta la historia evolutiva de la mina». No se refiere a la cronología, sino al funcionamiento. A cómo se organizaba realmente el trabajo, a la localización de las infraestructuras, a los procesos.
Las nuevas fotografías han empezado a mover piezas. Lavaderos que no estaban donde se pensaba, sistemas poco definidos, restos de wolframio aún visibles en las escombreras porque la tecnología de la época no permitía aprovecharlo todo.
La mina suele aparecer asociada al periodo nazi o al uso de presos durante el franquismo. Es parte de su historia, pero no la explica por completo. La explotación comienza antes, en 1913, con capital belga, y continúa después con gestión española, pero el encuadre es más amplio.
Mientras tanto, el deterioro es visible. Los incendios recientes han afectado a las estructuras y colectivos como Sputnik Labrego han alertado de la situación. «Si no se atiende, se acabará perdiendo absolutamente todo», advierte Matías.
La posibilidad de abrir el espacio a investigadores y turistas existe, pero con control. «Las visitas tienen que ser guiadas; es fácil perderse y puede ser peligroso», señala. En paralelo, empiezan a aparecer intentos de ordenar lo que se sabe.
La exposición «O volframio, entre la tragedia y el romanticismo» organizada por el Instituto de Estudios Valdeorreses (IEV) en O Barco se sitúa en ese punto. Entre los materiales, destaca un gran plano técnico de la mina, elaborado en alemán, con cortes, niveles y anotaciones que dibujan con precisión la estructura del yacimiento.
El contraste es evidente: la mina fue proyectada y documentada al detalle, pero su funcionamiento completo sigue sin haberse reconstruido con la misma claridad. Junto a ese plano, libros de salarios, registros de trabajo y otros documentos administrativos aportan una dimensión más concreta: la de la actividad diaria y la organización del trabajo.
Matías se detiene en otro elemento: «Las fotografías de época son absolutamente interesantísimas». Aportan contexto. Ayudan a completar lo que falta. Pero no resuelven el conjunto. Valborraz sigue siendo un lugar del que se habla mucho, pero que todavía no se ha explicado bien.
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