«La tableta de chocolate»: la historia que nació para salvar los recuerdos de un padre y terminó recuperando la memoria de un pueblo

Sonia Moral presenta el 11 de julio en Soulecín un libro construido junto a Baltasar «Paro» Moral, un viaje por la infancia, las raíces familiares y las historias que no deberían perderse

A veces las historias más importantes nacen cuando la vida obliga a detenerse. Cuando parece que algo se pierde, aparece la necesidad de rescatar aquello que todavía permanece intacto. Eso fue lo que le ocurrió a Sonia Moral Álvarez hace cinco años, cuando su padre, Baltasar Moral, conocido en Soulecín como «Paro», comenzó a sufrir una demencia vascular tras una operación.

Aquel hombre activo al que siempre había conocido empezó a apagarse poco a poco. Sin embargo, entre los recuerdos que la enfermedad iba desordenando había un lugar que seguía intacto, su infancia. Y ahí decidió entrar Sonia. No como escritora, sino como hija.

«No podía verlo así. Me dije: tengo que hacer algo con mi padre. Entonces le propuse escribir un libro sobre su infancia porque era lo único que su mente mantenía», recuerda.

 

Con sus amigos de infancia: Samuel arriba y Lalo abajo

Lo que comenzó como una forma de ayudarlo acabó convirtiéndose en La tableta de chocolate, un libro escrito durante cinco años que no solo recupera la historia de un niño de Soulecín, sino también la memoria de una generación marcada por una época difícil, por el esfuerzo y por una forma de entender la vida que hoy parece lejana.

Durante ese proceso Sonia descubrió algo que muchas veces se olvida, que antes de ser padres, también fueron niños. «Nosotros a nuestro padre siempre lo vemos como una persona mayor, pero nunca nos imaginamos que también fue un niño, que tuvo unos abuelos y que vivió una infancia muy dolorosa. Pero gracias a ese dolor se convirtió en el hombre que fue».

Sonia, con mis padres, Baltasar (Paro), y Puri

La autora reconoce que, aunque pueda parecer contradictorio, aquella enfermedad también abrió una puerta que quizá nunca se habría abierto. Una puerta a conversaciones pendientes, recuerdos escondidos y momentos compartidos que ahora guarda como un regalo. «Si mi padre no hubiera sufrido la demencia vascular, a lo mejor no hubiéramos encontrado tantas cosas maravillosas de su vida».

A través de sus relatos fueron apareciendo los amigos de infancia, los juegos, las travesuras y también las heridas de una época complicada. Historias de un Soulecín de posguerra donde las casas estaban unidas por algo más que la vecindad y donde muchas familias acababan formando parte unas de otras.

Entre esos recuerdos también aparecieron capítulos más duros. Uno de los momentos que más impactó a Sonia fue cuando preguntó a su padre qué era aquello que nunca olvidaría de niño. La respuesta la llevó a descubrir una realidad que desconocía. «Me dijo: cuando los guardias venían a inspeccionar nuestra casa. Eso me marcó porque nunca me había imaginado que Soulecín hubiera sufrido tanto como sufrió».

A partir de ahí comenzó una investigación que la llevó mucho más allá de los recuerdos familiares. Buscó personas, contrastó historias y viajó a los lugares que habían formado parte de la vida de su padre porque necesitaba comprender aquello que iba a escribir. «Tenía que sentir la esencia de todo lo que él me contaba para poder luego plasmarlo».

Reencontrandose con Concha —sobrina de Chelo—, en su casa de Salas de la Rivera. Otros 50 años sin verse 

En ese camino también llegó hasta la historia de Chelo, la última guerrillera, cuya familia estaba muy vinculada a la de su padre. Sonia habló con sus hijos y descubrió que, más allá de las fechas y de los datos históricos, había otra parte igual de importante: los sentimientos de quienes vivieron aquellos momentos. «Yo no soy historiadora. Quiero que me hables del sentimiento, de lo que sufrió tu madre en el corazón», recuerda que les decía durante aquellas conversaciones.

Por eso La tableta de chocolate está escrita en estilo novelado, aunque todo lo que aparece en sus páginas es real. No busca únicamente contar hechos, sino transmitir lo que había detrás de ellos.

El título también tiene un significado especial. El chocolate siempre estuvo presente en la vida de su familia, pero para Sonia acabó convirtiéndose en una metáfora. «El chocolate representa la vida, tan amarga y tan dulce dependiendo de cómo la quieras coger. Puedes tener una vida amarga, pero siempre hay una parte dulce dentro de esa amargura».

Durante esos cinco años hubo risas, recuerdos felices y también muchas lágrimas. Algunas llegaron al descubrir episodios desconocidos de la vida de su padre, como los años en los que siendo apenas un niño tuvo que marcharse a trabajar para ayudar a su familia. «He llorado escribiendo porque me sentía como si fuera mi padre».

Baltasar falleció hace apenas dos meses. No podrá estar físicamente en la presentación de un libro que los dos imaginaron juntos, pero Sonia siente que, de alguna manera, regresará con ella al lugar donde empezó todo.

La presentación será el 11 de julio, a las 19:00 horas, en A Aira do Fondo de Soulecín, al lado de la casa familiar y coincidiendo con las fiestas de la Virgen de Fátima, una fecha que para ella también tiene un significado especial.

«Lo planeamos juntos. Teníamos clarísimo que tenía que ser en Soulecín, en su pueblo natal. Ahora hacerlo sin él es difícil, pero siento que con La tableta de chocolate llevo una parte de mi padre a casa».

Porque aquel libro que nació para ayudar a Baltasar terminó ayudando también a Sonia a conocer sus raíces, a sus abuelos, a sus bisabuelos y una parte de sí misma. «No solamente he conocido más a mi padre. También he conocido mi historia».

Una historia que empezó intentando salvar recuerdos y terminó convirtiéndose en el mejor homenaje que una hija podía hacerle a su padre: devolverle su voz.

Aira do fondo donde vivió Paro. Foto realizada durante la fiesta de Fornos e Airas

Sonia Moral nos contó algunas de las historias que guarda La tableta de chocolate, pero muchas otras quedarán reservadas para descubrirlas el próximo 11 de julio en Soulecín, en el mismo lugar donde comenzó buena parte de este viaje por la memoria.

Quizá cada lector encuentre algo diferente entre sus páginas. Algunos verán la historia de una hija que quiso aferrarse a los recuerdos de su padre antes de que se perdieran; otros descubrirán que, incluso en los momentos más difíciles, la vida a veces concede regalos inesperados.

Porque aquella enfermedad que parecía que solo iba a llevarse recuerdos terminó abriendo una puerta a conversaciones, emociones y vivencias que quizá nunca habrían salido a la luz.

La tableta de chocolate no es únicamente la historia de Baltasar «Paro» Moral ni la de Sonia escribiendo junto a su padre. Es también una invitación a mirar hacia nuestras propias raíces y a preguntarnos cuántas historias importantes siguen esperando a ser escuchadas.

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