Supermercado Corzo, medio siglo detrás del mostrador

Supermercado Corzo, medio siglo detrás del mostrador

🏪 Nombre del establecimiento: Supermercado Corzo

📅 Año de fundación: Más de 50 años de trayectoria familiar

📍 Dirección: Avenida Manuel Quiroga, 3, O Barco de Valdeorras

🙋 Quién te atiende: Richard Corzo, Elena Corzo, Mónica, Natalia, Lucía, Manolo y el resto del equipo

Horario: De lunes a viernes de 9:30 a 14:00 y de 16:30 a 20:30. Sábados de 9:30 a 14:00

🧾 Sector: Alimentación

🛍️ Qué ofrece: Productos de alimentación, frescos, fruta, verdura, vinos y productos locales

🧑‍🤝‍🧑 Para quién: Para todos los públicos

🧬 ADN: El trato cercano de quien conoce a varias generaciones de una misma familia

🗣️ Hablamos: Algunas tiendas venden alimentos. Otras venden algo más difícil de encontrar: cercanía y confianza. En Supermercado Corzo, Richard Corzo ha visto crecer a los hijos de muchos de sus clientes. Pero la historia funciona también al revés: muchos de esos clientes le vieron crecer a él. No podía ser de otra manera en un negocio familiar que lleva más de medio siglo formando parte de la vida cotidiana de O Barco.

La historia del establecimiento comenzó con su abuelo. Después tomaron el relevo sus padres. Hoy son Richard y su hermana Elena quienes mantienen viva una empresa familiar que ha acompañado a varias generaciones de vecinos y que forma parte de esos comercios que han visto transformarse el municipio década tras década.

La familia inició su actividad en la calle San Roque y desde 1979 desarrolla su trabajo en la actual ubicación de la Avenida Manuel Quiroga. Sin embargo, el mayor cambio no ha sido el traslado, sino la evolución del propio comercio local.

Richard recuerda una realidad que hoy parece casi impensable: cuando sus padres comenzaron, O Barco contaba con cerca de treinta pequeñas tiendas repartidas entre el casco urbano y distintos barrios y núcleos próximos. Hoy apenas sobreviven unas pocas. «Ahora quedamos tres», resume.

No hay dramatismo en sus palabras, pero sí la constatación de una realidad que conoce bien. Las grandes superficies, los cambios en los hábitos de consumo, la falta de relevo generacional y las dificultades para conciliar la vida familiar han ido estrechando el camino de muchos negocios tradicionales.

Porque detrás de la puerta que cada mañana se abre al público hay mucho más trabajo del que suele percibir quien entra a comprar. Hay madrugones, pedidos, recepción de mercancía, colocación de productos, gestión de proveedores y una atención constante que rara vez entiende de horarios. «Es un negocio muy esclavo», reconoce.

Quizá por eso una de las reflexiones más sinceras de la conversación llega cuando habla de las vacaciones. Durante décadas, la familia nunca pudo marcharse junta. Siempre tenía que quedarse alguien al frente del supermercado. «Yo no sé lo que es irme de vacaciones con toda mi familia», admite.

Aun así, sigue defendiendo aquello que hace diferente a un comercio de proximidad. No está en una lata de refresco ni en una marca conocida, explica. Está en los productos frescos, en el asesoramiento y en una relación personal que ninguna gran superficie puede replicar.

Aquí los clientes tienen nombre. Se conocen sus gustos, sus costumbres y hasta pequeños detalles de su día a día. Del mismo modo que en un bar saben cómo tomas el café, en Supermercado Corzo muchas veces ya saben qué producto buscas antes incluso de pedirlo.

También reivindica el valor de los productores locales. Vinos, mieles o especialidades que difícilmente encontrarían espacio en una gran cadena comercial tienen cabida en las estanterías de un negocio arraigado al territorio y a quienes lo producen.

Entre esos productos de cercanía ocupan un lugar destacado los vinos de Valdeorras. Richard explica que muchas pequeñas bodegas encuentran en negocios como el suyo una vía para llegar al consumidor que difícilmente tendrían en las grandes cadenas de distribución. Son referencias que a menudo no aparecen en las estanterías de las grandes superficies y que permiten descubrir elaboraciones menos conocidas de la comarca. Además, asegura que algunos de los vinos de Valdeorras más demandados mantienen durante todo el año precios muy competitivos, incluso por debajo de los que pueden encontrarse en grandes establecimientos.

Esa apuesta por la proximidad convive además con su integración en la cooperativa Covirán, una fórmula que les permite mantener capacidad de compra y competir en precios sin perder su identidad como comercio familiar. Richard recuerda que formar parte de una cooperativa no es lo mismo que pertenecer a una franquicia: los socios forman parte activa del proyecto y participan de una estructura común que les ayuda a seguir siendo competitivos.

Después de tantos años, las anécdotas se acumulan. Una de las que más gracia le sigue haciendo ocurrió cuando una clienta de unos noventa años regresó muy disgustada porque los supuestos calamares a la romana que había comprado se deshacían al cocinarlos y no sabían a nada. Tras revisar el producto descubrieron el motivo: aquellos «calamares» eran en realidad unos churros de lazo.

Las risas llegan al recordarlo, pero la historia también refleja la confianza que existe entre comerciantes y clientes cuando la relación se construye durante años. La conversación deja además una confesión tan honesta como significativa. Richard se siente orgulloso de continuar la tradición familiar y reconoce que ha disfrutado trabajando en el negocio. Sin embargo, también admite que el sacrificio ha sido enorme. Tanto, que no desea ese mismo futuro para su hija.

Quizá ahí reside una de las grandes paradojas del pequeño comercio. Quienes lo mantienen lo hacen con una enorme dedicación y cariño, pero también son conscientes de las renuncias que exige.

Y aun así, cada mañana siguen levantando la persiana. Porque detrás de un supermercado como este no solo hay productos y estanterías. Hay historias compartidas, relaciones construidas durante décadas y una manera de entender el comercio que sigue teniendo un valor difícil de medir en números.