Miguel Ángel Garrido, el hombre que eligió ser uno más y acabó siendo esencial en O Barco
A las siete de la tarde, cuando el ensayo estaba a punto de empezar, Miguel Ángel Garrido Gómez hizo una pregunta sencilla: «¿Podía ir yo?». Aquel gesto, que recuerda Aurelio Blanco Trincado, marcó el inicio de una historia que acabaría entrelazando su vida con la de O Barco de Valdeorras de una forma profunda y definitiva.
Administrador de la Agencia Tributaria en O Barco, profesor de la UNED, vicepresidente del Instituto de Estudios Valdeorreses y miembro destacado de «Son do Sil», su trayectoria profesional e institucional es incuestionable. Pero quienes lo conocieron coinciden en que su verdadero legado no está en los cargos, sino en la manera en que decidió ejercerlos.
Fue el propio Aurelio Blanco Trincado quien subrayó esa voluntad desde el primer momento: Miguel quiso ser «Miguel y no don Miguel». Y lo consiguió. Se acercó al pueblo, a sus gentes, a la vida cotidiana, con una naturalidad que rompía cualquier distancia. Observaba, escuchaba y, sin imponerse, se integraba.
Desde el Instituto de Estudios Valdeorreses, donde también compartió camino con Sherezade Núñez, destacan precisamente esa forma de estar: cercana, humilde, siempre disponible. Una persona que no necesitaba alzar la voz para hacerse escuchar, ni ocupar el centro para ser imprescindible.
Quienes trabajaron y convivieron con él lo recuerdan como alguien constante en lo esencial. «Siempre apoyando, siempre con la sonrisa, siempre con la buena palabra», describen. No era un rasgo puntual, sino una forma de relacionarse con los demás. Estaba cuando hacía falta, sin condiciones, sin reservas.
Su vinculación con la música fue otra de las dimensiones donde esa manera de ser se hizo visible. En «Son do Sil» encontró un espacio que iba mucho más allá de lo artístico. Era, como explican sus compañeros, una familia. Y en esa familia, Miguel ocupaba un lugar singular.
Enrique Rodríguez, saxofinasta de El Patio de Leni y miembro de Son do Sil, lo define como un «puntal» dentro del grupo: integrador, discreto, siempre dispuesto a sumar. Pero, al pedirle que lo resumiera en dos palabras, eligió algo mucho más simple y, quizá, más exacto: «buena persona». Y añadió otra palabra que lo dice todo: «AMIGO», con mayúsculas. Porque, en su entorno más cercano, así era como se le entendía.
Era quien organizaba, quien guardaba la memoria, quien resolvía desde la sombra. Dominaba la tecnología, ordenaba archivos, recuperaba grabaciones de años atrás con una precisión casi asombrosa y construía esos recuerdos compartidos que hoy cobran un valor aún mayor.
Incluso en los momentos más difíciles, cuando el grupo despedía a los suyos, asumía la tarea de dar forma a ese último homenaje. El último de esos trabajos lo realizó ya con el cuerpo debilitado, con esfuerzo, pero sin renunciar a lo que siempre había sido: alguien en quien los demás podían apoyarse.
Esa capacidad de estar —de verdad— es una de las ideas que más se repiten entre quienes lo conocieron. Así lo recuerdan también quienes compartieron con él conversaciones y tiempo: «una persona muy inteligente, con la que daba gusto estar, de la que siempre se aprendía», alguien que sabía mucho y que siempre estaba dispuesto a ayudar a cualquiera.
En lo profesional, esa misma actitud se traducía en compromiso. Amaba su trabajo, lo entendía como un servicio y lo ejercía con rigor y cercanía. Podía haberse jubilado, pero decidió continuar, porque creía en lo que hacía y en las personas a las que atendía.
Y, por encima de todo, estaba su vínculo con O Barco y con Valdeorras. No fue solo un lugar donde vivir, sino un espacio que eligió y al que se entregó. Participó en su vida cultural, impulsó su nombre, se implicó en sus asociaciones. Se preocupó de hacer comunidad.
Quizá por eso su pérdida resulta tan difícil de asumir. Porque Miguel no ocupaba un solo lugar: estaba en muchos. En su familia —su esposa, sus hijos, su nieto, su padre, sus hermanos—, en sus compañeros de trabajo, en el Instituto de Estudios Valdeorreses, en «Son do Sil», en cada conversación, en cada gesto cotidiano.
Lo que deja no es solo un vacío, sino también una forma de hacer las cosas. Una manera de relacionarse basada en la discreción, la coherencia, la generosidad y el respeto. Y queda, también, el recuerdo de alguien que supo mirar su entorno con atención y cariño desde el primer día. Alguien que, sin grandes gestos, sin necesidad de protagonismo, terminó siendo, sencillamente, inolvidable.
Su despedida tendrá lugar este viernes, día 24, a las 16:00 horas en el tanatorio El Salvador de Valladolid, donde será incinerado.
Descansa en paz, Miguel.
Tu prueba Premium ha finalizadoTu prueba Premium ha finalizado