Diez años sin cantar y una jam session que lo cambió todo

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María Menéndez retoma su vínculo con la música tras una década alejada de los escenarios y se pone al frente de los talleres de canto de Amava en Valdeorras, con una propuesta que desmonta prejuicios y sitúa la voz al alcance de cualquiera dispuesto a trabajarla

No todas las decisiones que marcan un recorrido vital se adoptan de forma consciente ni responden a un instante preciso. Algunas se van construyendo con el tiempo, casi sin hacerse notar, siempre en un segundo plano, hasta desplazar aquello que antes ocupaba un lugar central.

En el caso de María Menéndez, ese desplazamiento tuvo que ver con la música. Durante años, cantar dejó de formar parte de su vida activa por una lógica ampliamente compartida: priorizar aquello que se considera estable frente a lo que se asocia con un pasatiempos. Sin embargo, lo que parecía una renuncia era, en realidad, una pausa.

Hoy, con 28 años, será la encargada de impartir los talleres de canto organizados por Amava —la Asociación de Música Alternativa de Valdeorras—, una iniciativa que no se limita a la técnica vocal, sino que propone una forma distinta de relacionarse con la propia voz.

El vínculo de María con la música se remonta a la infancia, cuando cantar formaba parte de lo cotidiano. «Yo siempre cantaba en casa», recuerda.  

Nacida en Ponferrada, creció entre coros, actuaciones en el teatro durante la Navidad y clases en la escuela de música, donde adquirió una base formativa que parecía orientar su trayectoria. La asistencia frecuente a conciertos completaba un entorno en el que la música estaba siempre pesente.

Ese recorrido, sin embargo, se interrumpió cuando tuvo que centrarse más en sus estudios, primero en bachillerato, y luego, al iniciar Educación Primaria en León. La música pasó entonces a ocupar un lugar secundario, reinterpretada como una afición que se apagaba ante la existencia de otras prioridades. «Entendí que era un hobby», explica. La práctica desapareció de su rutina, aunque no el interés.

El destino y el amor, la trajeron a Valdeorras, a trabajar en un bar de Larouco. Aquí, su relación con el canto permanecía latente hasta que un miembro de Amava –el cantante del Patio de Leni– le habló de las jam sessions de la asociación. La insistencia fue determinante. «Se puso muy pesado para que viniera a cantar», comenta con humor.  

La invitación terminó por aceptarse.

Volver a subirse a un escenario después de diez años implicaba algo más que retomar una práctica: suponía enfrentarse a las propias expectativas y a la memoria de experiencias anteriores marcadas por la tensión. El resultado, sin embargo, fue distinto.

Las jam sessions ofrecían un entorno abierto, sin la presión de contextos más formales y con un componente claramente integrador. «Me sentí como en casa», afirma.  

Ese espacio facilitó un cambio de percepción. Donde antes había rigidez, apareció la posibilidad de habitar el escenario desde la calma y el disfrute. «Fue darme cuenta de que podía disfrutarlo», explica.  

A partir de ese proceso, su concepción del canto se desplaza hacia una perspectiva más accesible y menos condicionada por la idea de talento innato. «Todos tenemos voz. El instrumento somos nosotros», defiende..  

La afirmación introduce un cambio de enfoque: la voz deja de entenderse como un atributo excepcional para pasar a considerarse una herramienta que puede desarrollarse. Sin negar la importancia del oído o de la técnica, María insiste en la posibilidad de entrenarlos y en la necesidad de encontrar un registro propio en el que cada persona pueda desenvolverse con comodidad. No se trata de imitar, sino de ajustar.

Cuando se refiere a los errores más habituales entre quienes no tienen formación, sitúa el foco en un aspecto previo a la ejecución musical: la tensión corporal. «Estar rígido, tensar el cuello, no estar relajado… así es imposible que salga una buena voz», explica.  

La observación traslada el problema a un plano más profundo, donde la dimensión física y la emocional se entrelazan. Antes de trabajar la afinación o la proyección, resulta imprescindible generar las condiciones para que la voz pueda salir sin bloqueo.

De ahí que uno de los ejes de sus talleres sea eliminar el miedo al error y construir un espacio en el que equivocarse forme parte del aprendizaje.

Un taller abierto a todos

Los talleres de canto organizados por Amava comenzarán el 25 de abril en el local de ensayo de la asociación en Calabagueiros, con el plazo de inscripción abierto hasta el día 22.  La propuesta se articula sobre una idea clara: el canto no pertenece a un perfil concreto. No está limitado por la edad ni por la experiencia previa. «Me gusta que se atreva todo el mundo, incluso gente más adulta», señala.  

A ello se suma una concepción colectiva del aprendizaje que rompe con el esquema tradicional profesor-alumno. «Vamos a aprender todos de todos», afirma. El planteamiento de los talleres se inscribe en la dinámica propia de Amava, una asociación que funciona como punto de conexión entre músicos de distintos estilos y trayectorias.

Las jam sessions no solo permiten tocar o cantar, sino que favorecen el intercambio, la colaboración y la creación de vínculos que trascienden lo estrictamente musical. En ese contexto han surgido nuevas propuestas, como la actuación en la que María participará este verano junto a otros integrantes, con versiones de bandas como Aerosmith o Guns N’ Roses.  

El recorrido de María Menéndez no se limita a una vuelta a los escenarios, sino que refleja un proceso de reconstrucción personal en el que la música recupera su espacio desde una perspectiva distinta.

Lejos de la exigencia que marcó sus primeras experiencias, el canto aparece ahora vinculado al disfrute, a la exploración y a la posibilidad de compartir. Quizá por eso su propuesta no se centra en la perfección, sino en la disposición a intentarlo.

 

Y, sin embargo, cuando finalmente canta —como hizo al término de la entrevista, acompañada a la guitarra de Edu, integrante de Mrs Fine—, cualquier duda queda despejada. La voz fluye con naturalidad, sin rigidez, con equilibrio entre control y emoción. No como una demostración, sino como la constatación de que aquello que defiende no es un planteamiento teórico, sino una práctica que se sostiene por sí misma.

Porque, en ocasiones, basta con una oportunidad para recuperar lo que parecía haber quedado atrás.

Puedes escuchar la entrevista completa aquí:

 

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