Un encuentro inesperado: 17 peregrinos de Braganza se detienen en Fontei para vivir de otro modo el Camino

Llegaron justo cuando las campanas anunciaban la procesión de San Andrés y acabaron encontrando pulpo, paz y una historia que contar

El Camino siempre sorprende cuando menos se espera. Esta mañana, estaba esperando a hacer unas fotografías de la procesión de San Andrés justo en el instante en que las campanas repicaban anunciando la salida de la procesión del santo, antiguo patrón de la parroquia —hoy sustituido por la Virgen de Fátima, pero aún muy presente en la memoria del lugar—.

En ese momento aparecieron ellos: 17 peregrinos de Braganza, sonrientes, conversadores y con ese brillo en los ojos que solo llevan quienes caminan por gusto, por costumbre y por encuentro.

Habían llegado a tiempo también para otra tradición, la Feria anual del 30 de noviembre en A Rúa, donde aprovecharon para saborear un pulpo á feira que, según dijeron entre risas, estaba «delicioso, de los mejores del Camino».

Tomando una foto del hito homenaje al primer presidente Ramón García

Un grupo que camina al mismo ritmo

No eran un grupo improvisado. Caminan juntos desde hace años porque, como explican, «nos gusta caminar a nuestro ritmo y disfrutar». Este año ya completaron un Camino y decidieron volver para hacer el de Inverno porque «aquí hay mucha paz». Eso lo repitieron muchos de ellos, la paz. Un silencio distinto que baja de los montes, que se queda prendido en los pueblos y que acompaña mejor que cualquier palabra.

Con el embalse de San Martiño de Fondo

Entre los peregrinos estaba Helena Fernandes, que me contó su historia con una sinceridad luminosa.

—Fui vicepresidenta de la Asociación Espaço Jacobeos, me dijo. Desde 2011 hago Caminos, muchos. Pero ahora la vida no me lo permite igual. Tengo una familia más complicada, nietos… y ya no puedo ir con grupos tan grandes. Camino con amigos, despacio, como puedo. Y lo necesito. Mi día a día es muy estresante, y el Camino es mi calma, mi apoyo espiritual. Podría ir a otros sitios, pero siempre vuelvo al Camino.

Helena en un tramo del Camino que va paralelo a la N-120

Hoy eran 17 de ellos caminando juntos, retomando una ruta que empezaron en julio. En esta ocasión, su destino del día era Quiroga. Mientras hablábamos, Helena miró hacia las laderas quemadas del entorno y confesó:

—Lo que me entristece es ver estos montes. Sé que pasasteis momentos muy duros con los incendios… en Portugal también sabemos lo que es eso. Está en el corazón.

También hablamos con María, João, Joaquim, Goreti, Ebo y Santos ¿Por qué el Camino de Invierno? Les pregunté a varios de ellos por qué habían elegido esta ruta. Las respuestas se mezclaron entre bromas y emoción:

—Por curiosidad.

—Por espiritualidad.

—No, yo vengo por turismo.

—Para convivir con amigos.

—Porque aquí hay buen vino.

—¡Y buena cerveza!

—Las vistas son magníficas y la gente muy buena.

Habían hecho ya el Camino Portugués, el Central, el de la Costa, Finisterre, el Inglés, el de Ourense, e incluso el exigente Geira — Arrieiros: «Muy bonito, pero difícil»

El de Invierno, sin embargo, les estaba conquistando por algo distinto:

—La paz. Mucha paz. Y una gente muy simpática.

—Nos sentimos como en casa. El gallego y el portugués son casi lo mismo.

¿Qué echan en falta?

La pregunta arrancó risas:

—Pues… algún sitio para tomar un café o una cerveza cuando toca parar.

Pero pronto añadieron:

—Está muy bien señalizado, se puede descansar donde se necesita. La gastronomía es buenísima y la acogida, todavía mejor.

Hoy —decían— habían tenido suerte:

—Encontramos pulpo á feira, y estaba muy, muy bueno.

Helena despidiéndose de nosotros

Un final de etapa con foto y promesa

Antes de seguir su camino, quisieron hacerse una foto todos juntos, conun paisaje magnífico de A Rúa y el olor del pulpo todavía en el aire. Se despidieron con el mismo entusiasmo con el que habían llegado:

—Claro que volveríamos. Este Camino se recomienda solo.

Y así, entre acentos portugueses, campanas de San Andrés y el rumor de una feria antigua, Fontei volvió a demostrar lo que el Camino de Invierno guarda para quienes se dejan sorprender: encuentros que no estaban previstos, palabras que se quedan y un pedazo de historia que uno se lleva para siempre en la mochila.

Con los montes quemados la fondo ¡Buen Camino!