Caminando nuestros ríos: As Pinguelas, donde el agua modeló la tierra y el hombre aprendió a conservar el vino
Desde las pozas de O Pacio hasta el abrazo con el Sil, el Regueiro de A Rúa acompaña un recorrido donde naturaleza fue el punto de partida y el hombre completó la obra
Hay cursos de agua que nacen para convertirse en río. Otros, en cambio, nacen para dar vida a un pueblo. El Regueiro de A Rúa pertenece a este último grupo. Su caudal apenas llama la atención cuando uno lo contempla hoy, especialmente en verano, pero durante siglos fue el gran aliado de quienes hicieron del vino una forma de vida.
Nuestro paseo comienza en As Pinguelas. Aquí el agua y el barro moldearon el paisaje. A ambos lados del regato aparecen las covas, excavadas en paredes de arcilla de más de diez metros de altura.
Desde fuera, sus respiraderos sobresalen como pequeñas garitas que parecen vigilar silenciosamente el fluir del agua. Cuesta imaginar que este lugar, hoy tan tranquilo, fue durante generaciones un hervidero de actividad.
Al caminar el sonido del agua, el canto de los pájaros y el crujido de las hojas bajo los pies acompaña. La paz es absoluta. Y, sin embargo, basta cerrar los ojos para viajar varias décadas atrás.
Entonces el regato apenas llevaba agua durante la vendimia. Su cauce seco servía de camino para los carros cargados de uvas que ascendían hasta las bodegas. Allí comenzaba la transformación del fruto en vino y, meses después, con la llegada de la primavera, las cubas encontraban en las covas el lugar perfecto para conservarlo gracias a una temperatura constante durante todo el año.
Algunas de estas cuevas conservan todavía las antiguas prensas y enormes cubas de madera. Otras mantienen mesas de piedra donde las familias compartían largas sobremesas. En muchas aún permanecen las parrillas que siguen reuniendo a vecinos y amigos durante las noches de verano. Porque As Pinguelas nunca ha dejado de ser un lugar de encuentro.
En los últimos años también ha recuperado protagonismo acogiendo conciertos, catas entre covas y el recordado Festival As Pinguelas, demostrando que este patrimonio continúa muy vivo.
Seguimos el curso del regato aguas arriba, aunque pronto una pequeña presa de riego nos obliga a regresar sobre nuestros pasos. Rodeamos las covas y ascendemos hacia O Pacio, entre O Barrio y Vilela. Desde allí volvemos a encontrarnos con el agua.
El paisaje cambia por completo.Nos adentramos en un pequeño bosque de ribera donde el agua ha ido excavando durante siglos profundas paredes de arcilla. Las raíces descienden verticalmente buscando la humedad mientras helechos y otras plantas de ribera cubren cada rincón. La vegetación crea un pequeño microclima que convierte este tramo en uno de los lugares más frescos de A Rúa incluso en los días de mayor calor.
Los árboles que crecen desde el agua y parecen gigantes vestidos de verde. Sus copas se entrelazan formando una bóveda natural que apenas deja pasar la luz del sol. Bajo su sombra, el aire se vuelve más fresco y el murmullo del agua acompaña cada paso, creando un pequeño refugio donde el calor del verano parece quedarse a las puertas.
Pero, si hay un rincón capaz de sorprender al visitante, es una pared vertical esculpida por el paso del tiempo y del agua. La arcilla aparece completamente cubierta por un tapiz de pequeños helechos, musgos y líquenes que viven gracias a la humedad constante.
El agua desciende lentamente en forma de diminutas gotas y una fina cortina de rocío que empapa la pared antes de reunirse, unos metros más abajo, en una fuente de agua cristalina. Un paisaje casi escondido que recuerda hasta qué punto el agua es capaz de modelar la naturaleza con una paciencia infinita.
El regato forma pequeñas pozas, unas creadas por la propia naturaleza y otras acondicionadas con piedras y troncos por quienes conocen bien este rincón. Incluso una cuerda anudada cuelga sobre una de ellas, recordando que varias generaciones de chavales han convertido este lugar en su piscina particular cada verano.
Podríamos quedarnos aquí toda la tarde, pero el agua sigue su camino y nosotros también. Regresamos a As Pinguelas para acompañar ahora al regato en dirección contraria, siguiendo su descenso hacia el Sil.
El arroyo atraviesa O Barrio y A Rúa Vella, desaparece durante unos metros bajo la carretera N-120 a través de un gran conducto y vuelve a salir a la luz entre pequeños puentes y muros de piedra que durante años formaron parte de la vida cotidiana de los vecinos.
Poco a poco el cauce pierde fuerza. El hilo de agua se hace cada vez más estrecho hasta alcanzar el río Sil. En verano, cuando el gran río baja con poco caudal, el regato apenas consigue mezclarse con él y forma una pequeña lámina de agua tranquila, como si quisiera demorarse unos instantes antes de fundirse definitivamente con su destino.
Y quizá esa sea la mejor forma de entender este paseo. Porque el Regueiro de A Rúa nunca necesitó ser un gran río para dejar una huella profunda. Le bastó con abrir camino entre la arcilla para crear las covas, alimentar los viñedos, refrescar las huertas, acompañar a generaciones enteras y escribir, gota a gota, una parte esencial de la historia vitivinícola de Valdeorras.
Al final comprendemos que caminando junto a este pequeño regato no solo hemos seguido el curso del agua. Hemos recorrido el camino por el que también discurre la memoria de A Rúa.